2 de mayo de 2023, 4:00 AM
2 de mayo de 2023, 4:00 AM

El Día del Trabajador ya tiene acostumbrados a los bolivianos a escuchar encendidos discursos antagónicos en los que invariablemente se destaca la lucha de los trabajadores en contra del capitalismo y toda fuerza de mercado asociada a éste. La celebración de ayer no fue una excepción: el presidente Luis Arce, arropado por la dirigencia de la COB y sus seguidores, elogió a la clase trabajadora por ser “la fuerza que impulsa la economía”, y pidió la unidad de las organizaciones sociales en torno a su entidad matriz y en contra del capitalismo.

Quizá esa visión antagónica tenga mucho que ver con una característica de la calidad del empleo en Bolivia en los últimos 17 años. Según informes del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (Cedla), no ha habido una transformación significativa de la estructura del PIB en el país desde el año 2006. Vale decir, que la producción nacional sigue girando alrededor de la explotación primaria de recursos naturales, de la agricultura y de una inmensa economía informal, dominada por el comercio y los servicios personales.

El origen del problema radica en que la dicotomía discursiva se quedó anclada en aquellas circunstancias que dieron pie a la celebración del Día del Trabajador. Es evidente que en las fábricas de Chicago del siglo XIX había una brutal explotación del trabajador, no sólo por parte de los empresarios de aquella época, sino de todo el sistema.

Ahora resulta una perogrullada decir que las cosas han mejorado de forma significativa. Habiendo quedado atrás la era industrial y mejorado sustancialmente el marco laboral de las relaciones obrero-patronales, las empresas del siglo XXI reconocen que la única manera de mantenerse competitivas e innovadoras en el contexto de la economía global es por medio del bienestar y empoderamiento de sus trabajadores. 

Sus colaboradores deben estar bien motivados, bien capacitados y bien remunerados para poder trabajar en equipo y marcar la diferencia. Eso –y no la presencia de un capataz prepotente– es lo que una empresa necesita para crecer y generar valor de manera continua.

Se trata de aplicar la simple fórmula de ganar-ganar: lo que es bueno para el trabajador también es bueno para la empresa, y viceversa.

Ese concepto tan simple no encuentra cabida en planes gubernamentales, justamente por esa manía de tratar de conseguir lealtades políticas a través de la ya caducada lucha de clases de hace dos siglos. Basta mencionar que, en los últimos años, los gobiernos del MAS y la dirigencia de la COB han decidido, de manera unilateral, los consabidos ‘regalos’ que se entregan a los trabajadores cada Primero de Mayo. 

Los demás sectores que conforman el aparato productivo del país –llámense empresarios privados o micro y medianos productores– no han sido invitados a la ‘fiesta’ para por lo menos dar a conocer su realidad y para compartir sus sueños de lograr un mayor crecimiento y generar empleos dignos para todos los bolivianos.

Por eso es que las medidas que se anuncian cada inicio de mayo no siempre son las más acertadas para potenciar el verdadero crecimiento de la economía nacional. Falta poner todo en contexto. Se debe analizar, por ejemplo, qué efectos tendrá el incremento salarial en el creciente déficit fiscal o en la inflación; falta considerar si el modelo de sustitución de importaciones a través de la industrialización que propone el Gobierno aprovecha las mejores capacidades de la fuerza laboral del país; falta crear la necesaria sinergia público-privada para salir de una vez por todas del círculo vicioso de la desconfianza e ingresar al círculo virtuoso de la colaboración, del crecimiento real, del beneficio mutuo.

Bolivia podrá celebrar su crecimiento del 4,3% anual y su baja tasa de desempleo, cercana al 4%, (datos actuales) cuando también pueda asegurar que su aparato productivo está produciendo con muchísimo mayor valor agregado, cuando diga que su economía se diversifica y desarrolla tecnología, y cuando una mayoría de trabajadores pueda decir que ha dejado de vender chucherías en las calles para insertarse de lleno al empleo formal, con cobertura en salud y jubilación digna.