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A 142 años de la batalla de Topater, Bolivia llega a este 23 de marzo hablando poco o casi nada del Día del Mar, porque ya no hay de dónde sacarle provecho político, como particularmente los gobiernos nacionales hacen cada marzo de todos los años; y, por el contrario, esta fecha encuentra a Bolivia más lejos del mar que nunca antes.

La razón de esa lamentable distancia es el fallo que en octubre de 2018 dictó la Corte Internacional de La Haya cuando decidió que Chile no tiene obligación de negociar con Bolivia una salida soberana al mar.

En su momento, el fallo representó un balde de agua fría para Bolivia, que alentada por el exitismo del entonces presidente Evo Morales y su entonces agente ante La Haya, Eduardo Rodríguez Veltzé, creyó que por fin una Corte haría justicia poco menos que devolviéndole el mar a Bolivia.

Nada de eso ocurrió, sino todo lo contrario: el fallo fue un duro golpe a Bolivia y le dejó prácticamente cerradas las puertas al menos judiciales para satisfacer su centenaria aspiración de tener acceso soberano a las costas del Pacífico en territorios que una vez fueron suyos, antes de la Guerra de 1879.

Resulta anecdótico recordar que muy en su estilo, tras la derrota en La Haya, el Gobierno de Evo Morales intentó hacer una lectura victoriosa de ese descalabro aferrándose a un comentario considerativo final de la Corte Internacional en el que invitaba a los gobiernos de Chile y Bolivia a buscar una forma de entablar un diálogo. Era algo así como agarrarse del premio consuelo de la opción obvia del diálogo, que sin embargo para entonces había quedado también seriamente dañada por el tono triunfalista, hostil y beligerante del Gobierno de La Paz ante el de Santiago.

Al acto de lectura del fallo de La Haya en 2018 asistieron personalmente Evo Morales, ministros, diputados, senadores y una frondosa comitiva boliviana; por la parte chilena asistieron solo los delegados permanentes ante esa Corte. Los primeros asistieron en grupo porque creyeron que necesitarían muchas manos para traer el pesado trofeo de vuelta a casa; los segundos tenían una actitud sobria y prudente.

Aquel día, Chile ganó también un mar de oxígeno para respirar tranquilo por muchos años sin que el vecino incómodo lo presione, al menos por la vía judicial, para buscar un entendimiento acerca de la demanda marítima.

De ahí en más, el discurso del mar dejó de ser un trofeo político para el largo Gobierno de Morales, y en su reemplazo llegó el silencio, también prolongado, sobre la histórica aspiración boliviana.

Después de La Haya los caminos hacia el mar no solo se han alargado considerablemente, sino que incluso se han extraviado: Bolivia jugó siempre al todo o nada, y en su arriesgada apuesta en La Haya se quedó sin nada.

En algún momento el país tendrá que comenzar desde cero a trabajar por encontrar una forma creativa y también posible de lograr un entendimiento con Chile. Ningún Gobierno boliviano querrá abandonar aquello del ‘acceso soberano’ a las costas del Pacífico naturalmente por razones políticas, pero será necesario comenzar a comprender que esa condición será definitivamente imposible de conseguir.

Quizá es más práctico que el país concentre sus aspiraciones de acceso a puertos comerciales -porque al final de eso se trata- a mejorar los que ya existen: la hidrovía Paraguay-Paraná, el mejor uso del puerto peruano de Ilo al que Bolivia jamás puso atención, e incluso el equipamiento en infraestructura para unas mejores condiciones de operación del puerto chileno de Arica. Lo bueno de ocuparse de esos puertos es que casi no hay lugar para hacer de ellos un uso político para discursos electorales ni de gestión gubernamental.

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