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Sin agua no hay vida, parece de perogrullo, pero es más que un derecho humano. Un derecho universal de todas las especies vivas. 

La Organización de Naciones Unidas (ONU) había reconocido en julio de 2010 “el derecho humano al agua” y reafirmó que el agua potable limpia y el saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos.

La idea de que el agua pasara a ser un producto bursátil surgió en California, devastada como está por los incendios forestales y la escasez del bien esencial cuyo precio se duplicó en un año. 

El agua comenzó a cotizar en la bolsa de Nueva York, como un comodity. Los comodities son materias primas que se cultivan o extraen para darles uso o fabricar otros subproductos. El petróleo, el oro, el cobre y el café son algunos ejemplos. Pero estamos ante un escenario diferente. El agua, la vida misma, es de todos y debiera seguir siendo de todos los seres humanos y seres vivientes, como el oxígeno o la luz solar.

Entre pandemia, contagios, vacunas y más pruebas en una y otra latitud del planeta, el 7 de diciembre la noticia corrió fundamentalmente por los medios económicos. El agua se deslizaba silenciosa en la cotización de Wall Street. Y lo hizo a 486,52 dólares los 1.233 metros cúbicos. Esta mercancía natural puso el grito al cielo de medioambientalistas que reclamaron en forma unánime que no puede ser una mercancía, porque la naturaleza no tiene precio.

Sin embargo, en el mundo de las finanzas la tierra tiene un precio y el agua no tendría por qué ser menos. Que el agua comience a cotizar en la bolsa de Wall Street significa la materialización de que para el mercado y el capital el agua es una mercancía más plausible de especular y obtener ganancias. La polémica ha explotado y no solo en Bolivia. 

La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió, en su reciente informe “El estado de la agricultura”, que un 40 % de la población mundial sufre serios inconvenientes de acceso al líquido elemento. La Organización Mundial de la Salud (OMS) precisó que 2.000 millones de personas carecen de acceso a servicios de agua potable gestionados de manera segura.

Si la intención es administrar el agua de la misma manera que el petróleo o el oro, el escenario puede llevar a zonas beligerantes donde, después, es difícil volver atrás. No hay que ser un eximio historiador para conocer lo que ha llevado este tipo de experimentos y los costos que ha debido pagar la humanidad por escalar en estas cornisas.

Así como en los países de la región la riqueza natural y patrimonial de los acuíferos cobra relevancia en estos momentos y evidentemente en el futuro. ¿Corren riesgo nuestros ríos y humedales? ¿Y qué hay de las reservas de agua dulce certificadas en nuestro país? En Bolivia hay regiones de enorme riqueza acuífera.

Mientras algunos especialistas afirman que codearse en la misma escena bursátil con otras materias primas permitirá una mejor gestión del riesgo futuro vinculado con este bien, otros ven un riesgo que contempla otras aristas. Para los primeros, estos nuevos contratos de agua permitirán a los agricultores e inversores protegerse o apostar por el potencial de escasez de agua. Sin embargo, para otros, como el relator de Naciones Unidas, le preocupa que el agua amenazada por una demanda creciente y por la contaminación, ahora se trate como el oro. Así como un bosque no es un camión de madera, un río no es un cúmulo de litros. Hay territorio, identidad, cultura, valores, comunidades e historia. 

No es difícil de comprender que, a través de esos ríos y de esos acuíferos, se articula la vida del hombre, su desarrollo y el futuro de todos los seres vivos del planeta Tierra.

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