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Maynard

Carlos F Toranzos Soria 16/11/2020 05:00

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Con ese nombre cualquiera diría que es un extranjero, pero no lo es. Su primer nombre era John que tampoco es nuestro, es más bien de los anglos. Y, sin embargo, con esos dos nombres, de preferencia el tercero, era conocido en la facultad. Keynes, era su sobrenombre, y lo raro es que cuando pregunté quién era, la respuesta fue: pues, el decano de Economía.

Ese decano a quien yo conocí en mis andadas de chiti, de mi casa en el Temporal al centro de la ciudad. Si iba en colectivo evitaba esos encuentros, pero si iba andando, seguro que encontraría a ese flaco taciturno, algo arrogante, que sin pelota quería jugar al fútbol. La plaza Barba de Padilla era el refugio de los changos que por ahí vivían, si había pelota se la pateaba. Ahí los capos se hacían cargo del partido. Yo, con mis aficiones futbolísticas, solo podía dar un golpe, él tal vez dos; por lo tanto, quedábamos sentados en la orilla de la improvisada cancha de fútbol, que para todos era el estadio Félix Capriles.

Este changuito estudiaba en La Salle, yo en el Colegio Abaroa. No había mucho que hablar, solo comentar que alguno había pateado mal o empujado a otro.

Esos encuentros casuales se acabaron. Este chango, como yo, habíamos movido ficha y nos habíamos mudado de colegios, yo al Bolívar, luego al Sucre, él al Don Bosco.

Pasaron años sin vernos, sin embargo, cuando lo hicimos fue un encuentro como de si nos hubiéramos visto ayer, ya sin pelota pero un saludo, sin más comentario que el del encuentro.

Yo fui a dar una charla al Colegio Don Bosco, y encontré entre los participantes a este chango. Su cara igual que antes, como si no le gustara nada, como si la distancia era lo mejor para poder andar. Me acerqué, le pregunté si era el Rodríguez, me dijo que sí. Un saludo especial, abrazo y quizá algún comentario, pero se acabó.

Llegué a casa y pregunté a mi padre si los Rodríguez tenían parientes en el Don Bosco, mi padre me dijo que no lo sabía, pero, que ese apellido era único de los descendientes de don Wilge Rodríguez o muy cercanos a él. Mi padre era hijo de Carmen Rodríguez, por ese lado seguro que éramos parientes.

Todo quedó ahí. El parentesco no lo pudimos probar nunca. Sin embargo, la vida da saltos increíbles. Me lo reencontré en La Paz, en un fatídico día, el 21 de agosto de 1971, yo en la UMSA él en la UCB; yo en filosofía, él en economía. Lo vi, pero no podíamos decirnos nada. Era el día del golpe de estado de Hugo Banzer contra JJ Torres. Yo en la dirección de la FUL y Gustavo con ganas de saber qué hacer para apoyar a la alternativa revolucionaria. Nos pidieron entrenarlos en manejo de armas, y con Ricardo Navarro y el Chamaco Gutiérrez, nos pusimos las máscaras y a enseñar lo básico, gatillo y culata poco menos. Ahí lo vi otra vez y claro la clandestinidad, obligaba a no revelar ni tu cara ni tus contactos.

Perdimos y el exilio llegó. Nuestros pasos se bifurcaron otra vez y el olvido se apropió de nuestras mentes. Él en Cochabamba y yo en Inglaterra.

El destino otra vez cruzó nuestros pasos. Fui a trabajar a la UMSS, como profesor invitado, para organizar el post-grado y fundamos el CESU. Aventura maravillosa que todavía hoy da frutos. Gustavo estaba de decano en la Facultad de Economía.

Coincidimos otra vez, esta ya sin máscara y con las cartas abiertas.

A Gustavo, como a un buen Ostria y argentino, le rozaba la soberbia, ja, ja, decía yo, ¿soberbia? si este huevón es un crío caprichoso y listo. Gustavo resultó ser el mejor motor para la creación del CESU, gracias a su apoyo pudimos hacer muchísimas cosas. Los proyectos que sin él iban a tomar meses tomaban días.

El CESU salió adelante y se convirtió en un referente internacional.

Y este chango de la calle España, ¿dónde estaba? Pues ahí, ahí, mismo, lo re-descubrí. Soberbio y amoroso, serio y jocoso, intelectual y valeroso, jamás viéndose autosuficiente, más bien dentro del contexto de ¿dónde apoyo? y ¿en qué ayudo?

Su producción bibliográfica no solo cubre aspectos nacionales, sino que se adentra en lo humano de lo que es la historia. Teoponte no es la revisión histórica de un fracaso; en la contienda de gentes que dan su vida por ideales. Tania no es la vida de una mujer, es la vida de un personaje que hace de Bolivia un lugar para enmendarlo.

Sus escritos han sido siempre y son los de alguien que ve la vida dentro de cada individuo. Villarroel, su último libro, es la reflexión máxima de la entrega por la patria que él ama y venera.

Como embajador plenipotenciario de Bolivia en Perú, no solo ha sido el trabajo de un representante nacional, sino que ha hecho del Mariscal Santa Cruz una luz. Ha unido Perú con Bolivia, ha armado reuniones bipartitas entre los dos gobiernos. Su paso allá, donde ha estado, ha sido marcado por la verdad y la honestidad intelectual. Alguien que jamás ha puesto su persona delante de sus palabras, Todo uno, ese es Gustavo Rodríguez Ostria, un pariente, un amigo, un hombre que de verlo sabes que lo quieres abrazar. Gustavete, esto es para ti, desde mis adentros para los tuyos.