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En los últimos años se ha convertido en una obligación impuesta el aumento de salarios, que no permite la aplicación de parámetros razonables o que, por lo menos, tengan un atisbo de análisis de la realidad económica y productiva. El decreto que dispone el aumento salarial, llega después de un circo de reuniones, ampliados, planteamientos desmedidos de parte de los trabajadores; por el otro lado, los empresarios tuvieron tibios argumentos, no para rechazar cualquier aumento, sino para ver hasta qué porcentaje sería posible incrementar, mostrando una hilacha de sometimiento a lo que, finalmente, se impuso.

La legislación laboral boliviana contempla un conjunto considerable de derechos favorables a los trabajadores, que podemos sintetizar en los siguientes: salario mínimo nacional, indemnización por tiempo de servicio, aguinaldo, segundo aguinaldo, vacaciones, inamovilidad laboral por embarazo, subsidios pre y postnatal, de natalidad y de sepelio, inamovilidad laboral por fuero sindical, por formar parte del comité mixto de higiene y seguridad de la empresa, bono de frontera, bono de antigüedad, prima de utilidades, bono de producción, pago por horas extra y recargos nocturnos, comisiones por acuerdos. Además, de ese innumerable listado de beneficios, se debe considerar el derecho de los trabajadores (y sus familiares directos), a la seguridad social de corto plazo (atención en cajas de salud), al ahorro previsional para su futura renta de vejez y los derechos adquiridos, como los incrementos que tienen obligación de pagos retroactivos.

No creo que exista una empresa que no quiera aumentar los salarios, siempre y cuando estén en directa relación con la productividad y con los ingresos. La imposición de aumentar los salarios, porque así debe ser, ocasiona el estrangulamiento, especialmente de las pequeñas y medianas empresas, que son forzadas a dejar lo formal y tener sus actividades en el campo informal.

A escala mundial, estamos asistiendo a profundos cambios en los paradigmas de trabajo y producción, con la sustitución de empleados por máquinas y robots, somos conscientes de que esos cambios van a tardar en llegar al país, pero también debemos ser conscientes que van a llegar. Los trabajadores (especialmente sus dirigentes que no trabajan y reciben sus sueldos sin descuentos, por estar declarados en comisión) no tienen ni siquiera la sospecha de que se presenten esas situaciones y siguen apoltronados en sus tronos sostenidos por el trabajo de los miembros de su sindicato, y con una inexplicable actitud de considerar al empleador su enemigo.

Es muy difícil que existan conductas razonables y positivas que ayuden a aumentar la producción y no entorpecer las exportaciones, porque, además de esa mentalidad decimonónica de los trabajadores, estamos en un año netamente político con preeminencia de lo electoral, por encima de la realidad y lo razonable.