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Migrantes, doblemente víctimas

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29 de junio de 2019, 23:24 PM
29 de junio de 2019, 23:24 PM

Perseguidos por la pobreza, la represión y la inseguridad, millones de latinoamericanos dejan sus países todos los días buscando mejores días para sus familias. Abandonan sus hogares desesperados porque las naciones que los vieron nacer están sacudidas por las crisis políticas, sociales y económicas y por la corrupción, que destruye ingentes cantidades de recursos imprescindibles para combatir la falta de empleo para los jóvenes y el hambre para los más necesitados. Hasta aquí la responsabilidad de los países expulsores de seres humanos.

El ejemplo más dramático, Venezuela, de donde parten unas 5.000 personas por día y ya van más de cuatro millones de emigrantes que configuran la mayor crisis humanitaria de los últimos tiempos, debido, entre otros factores, a la debacle económica y la represión impulsadas por el Gobierno de Nicolás Maduro.

El informe 2018 de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) alerta que la movilidad humana va en aumento debido a las diversas debacles humanitarias, lo que ha llevado a 244 millones de personas a dejar sus países, un 3,3% de la población mundial.

Cuando pasan la frontera, los migrantes sufren un segundo drama que, en muchos casos, los lleva a la muerte, tal como lo vimos esta semana con aquel padre salvadoreño y su hija de menos de dos años muertos intentando cruzar el río Bravo con la aspiración de cumplir el sueño americano de tener una mejor vida.

Explotación laboral, discriminación, xenofobia y racismo son algunos de los lastres que tienen que enfrentar los millones de migrantes que logran traspasar las vallas fronterizas. Miles lo hacen de forma ilegal, lo que provoca enormes conflictos internacionales.

Chocan también con un mundo que se va cerrando cada vez más a los migrantes, paradójicamente en países que se han construido con la fuerza positiva y creativa de los venidos de otras partes del mundo.

La política dura contra los migrantes del presidente estadounidense Donald Trump, con claros tintes racistas y discriminatorios, es parte de una ola ultraconservadora que ve a los migrantes como chivos expiatorios de males económicos, políticos y sociales que están presentes en sociedades cada vez más desintegradas y fragmentadas. Pero también México que militariza el conflicto enviando más de 2.000 agentes para frenar las caravanas de centroamericanos que llegan a su país intentando pasar a Estados Unidos.

Se requiere, eso sí, una política global concertada que permita a países receptores y expulsores de migrantes adoptar medidas igualmente globales para encauzar los flujos migratorios para que sean lo siempre fueron a lo largo de la historia: fuerzas proactivas del progreso y del encuentro entre los seres humanos.

Se necesita solidaridad humana para saber comprender que las personas que llegan desde otras latitudes precisan solidaridad y colaboración. Que las muestras de racismo y xenofobia que exhiben los poderosos no cundan en los hogares y en los ciudadanos de a pie.

 

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