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Miopía y angurria de poder

Maggy Talavera 23/2/2020 03:00

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La más reciente encuesta sobre intención de votos para las elecciones generales del 3 de mayo, publicada por varios medios de comunicación, desató una furibunda reacción entre militantes, seguidores y operadores políticos de algunos de los binomios habilitados para los comicios. Los dardos fueron lanzados tanto contra la empresa encuestadora, como en contra de los encuestados. De la primera, dicen que está “vendida al MAS”. De la gente, que es incapaz y no tiene memoria. Todo esto, porque la encuesta ubica en primer lugar en la intención de voto al binomio masista. ¿Tendrá asidero todo ese desafecto?

Aclaro de entrada que no soy afecta al uso que se hace de las encuestas en cada proceso electoral. De ser un instrumento que permite medir el sentir de determinados sectores en un momento específico, ha pasado a ser explotada como la voz última del electorado, en especial por los candidatos que aparecen encabezando los sondeos de opinión. Un mal al que contribuyen los propios medios que las usan como titulares de portada o informativo, y no como insumo importante para el análisis y desarrollo amplio de las informaciones. El resultado es que acaban siendo usadas y manipuladas para influir y alterar la votación.

Eso, por una parte. Pero la que me preocupa ahora es la parte que tiene que ver con las reacciones de los políticos frente a encuestas que les son adversas. Queda claro que estos sufren de miopía crónica, ya que son incapaces de ver en esas mediciones el resultado de sus propios actos. Prefieren achacarle el muerto a terceros, sea a la encuestadora o a los propios electores, antes que admitir errores en sus campañas, en sus candidatos, en sus discursos y acciones. ¿Qué por qué el corrupto MAS, identificado como autor intelectual del fraude electoral de octubre pasado, está primero en las intenciones de voto y no otros abanderados en la lucha por la democracia, como CC, Creemos, Unidos, Líder 21, etc.? No hay que ser genio para encontrar respuestas. Basta solo un poco de sentido común.

Y es de sentido común saber que el MAS no está muerto, ni desaparecido, no solo porque tiene un trabajo político de casi década y media en el manejo del poder, que le garantiza aún un voto militante y duro de al menos 20%, sino también porque continúa gozando de privilegios arrancados a lo largo de ese periodo, como lo es sin duda el de conservar sigla y estar habilitado para volver a disputar unas elecciones democráticas, pese a su evidente y nefasto rol en el fraude electoral del 20 de octubre pasado, confirmado incluso por la OEA. Que no nos digan los otros frentes en campaña que no se habían dado cuenta de lo aquí descrito. Pese a esta evidencia, insistieron en su miopía y en repetir graves errores.

Tal vez el mayor error sea el de caer en los pecados condenados en el MAS. Uno de ellos, la angurria de poder. Un mal que los enceguece aun más, saca lo peor de cada uno de ellos y les hace olvidar juramentos, promesas y hasta valores que aseguraban defender cuando combatían a la cúpula masista. Puedo decir sin temor a equivocarme que ninguno de los otros siete frentes en disputa se libra de este mal. Lo han demostrado al precipitarse con sus propias candidaturas, al traicionar la palabra empeñada, al dejar en evidencia que son más los intereses que los separan, que los ideales que los unen. Y la gente así lo percibe. A diferencia de los viejos y nuevos políticos, la gente no es miope. Ve, siente y castiga.

Que quede claro. Los primeros sondeos de intención de votos para los próximos comicios solo están reflejando la dura realidad de un electorado disperso y, en una gran mayoría, desilusionado. Y la culpa no la tiene ese electorado, sino los jinetes que están en carrera. A estos habrá que recordarles que la gente ya ha hecho mucho, sobre todo hace cuatro años, cuando le dijo No a la reelección indefinida, y también en octubre último, cuando le dijo No al MAS y No al fraude electoral. Ahora esboza un nuevo No a las imposturas de siempre. Los aspirantes a nuevos miopes aún están a tiempo de recobrar la visión.