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Mirar la herida

8/3/2021 07:35

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Colectivo ARUX

Para sanar es necesario mirar la herida, reconocer que existe, que arde, que duele. Luego acercarnos a conversar con la herida, desde la guía de distintos especialistas en lo que corresponda sanar, ya sea en el cuerpo o en el alma, que es básicamente lo mismo: porque está científicamente comprobado que el cuerpo expresa, materializa, comunica, canaliza lo que nuestra alma guarda, siente, vive.

Los porcentajes de datos de aborto y feminicidio los encuentran en las páginas oficiales del observatorio de la mujer, del ministerio público, CEPAL, ONU Mujer, etc. son datos alarmantes, que sin embargo no expresan en su totalidad la realidad humana que nos afecta y enferma como sociedad. Solo para mencionar un dato de la CEPAL (2020): “En Bolivia alrededor del 46% de mujeres entre 14 y 24 años ha abortado clandestinamente, presentando posteriormente secuelas psicológicas y ginecológicas, que devienen en cáncer que se expresa en distintas zonas del cuerpo.”

Estos y otros datos expresan los casos registrados y denunciados, que según estudios antropológicos, sociológicos y psicológicos representan únicamente el 37% de la realidad social, la gran mayoría están invisibilizados y por tanto no se miran, es decir, hay heridas abiertas que no se miran, porque no se dan las condiciones políticas, ni de contención legal para hablar de estos temas.

En países recalcitrantemente machistas y violentos, como Bolivia, las instituciones públicas y sus marcos jurídicos están viciados y estancados, sobre todo en las áreas de género, educación, salud, puesto que no representan la información completa, ni los análisis necesarios para comunicar lo que experimentan las personas en distintas circunstancias de violencia o viven en estas condiciones, como algo normalizado, que se transfiere de una generación a otra, se transfiere violencia en distintas formas. Pasa lo mismo con los niños y niñas huérfanos, que no están registrados en el sistema, con los niños y niñas abortados, que, dada la precariedad de las políticas de la niñez y adolescencia, son invisibilizados, tirados en los basureros municipales, o los ven en las calles y canaletas de las ciudades, pero no los miran, la sociedad negacionista no quiere mirar la herida.

En Bolivia te piropean y acosan en la calle las 24 horas del día, caminas y te desplazas constantemente acechada por las miradas, por las palabras enfermas de sujetos desconectados de sí mismos y de la vida, del respeto al ser humano, cualquiera sea su género, las calles están plagadas de sujetos que cosifican, genitalizan y miran pervertidamente los cuerpos.

En Bolivia no hay condiciones seguras para vivir tranquilamente, para caminar por la vida sin correr riesgos a ser nombrada o nombrado con diversos adjetivos calificativos que agreden y generan terror. En Bolivia, cuando empiezan a crecerte los senos, o empiezas a menstruar, es momento desgarrador, porque sabes que debes cuidarte más, para no embarazarte del sujeto que te acecha cada noche sin tu consentimiento, con olor a alcohol.
En Bolivia cuando empiezas a cambiar la voz, a “hacerte hombre”, hay padres de familia que te pagan el motel o la persona que te hará el servicio, quieras o no, y si no aceptas el regalo de tu padre, te atienes a las consecuencias, críticas, dudas sobre tu masculinidad, o vives el trauma de tu primera experiencia con el regalo de tu machista y enfermo padre.

En Bolivia si el tío, el abuelo, el padre, el vecino, te agarran la pierna debajo de la mesa, mientras comparten un almuerzo familiar, te tenés que tragar esa sensación, para no arruinar el momento familiar y si decís algo, o si tu hermanito o primo se da cuenta, y reclaman juntos, les dirán: -son unos ¡aguafiestas, dejen de inventar cosas, el tío es cariñoso! -.

En Bolivia si el amigo borracho de tu madre, tía, padre, padrastro, vecino, te visita por las madrugadas, mientras dormís, con 7 años de edad, te manosea y dedea toda la noche, no podés quejarte, porque tu misma madre, tía, tienen miedo, están cansadas y saben que lo único que sacarán si reclaman es un ojo moreteado, o unos cortes con vidrio de botella en la cara o el brazo.

Después de experimentar todo esto, algo pasa con el cuerpo y la voz, te sentís anulada y anulado (porque también les pasa a los hombres), tenés frío en manos y pies todo el tiempo, vivís con insomnio porque sentís responsabilidad por los más pequeños, los cuidas mientras duermen, negocias con el violento, para que no haga lo mismo con tus hermanos y hermanas. Cuando pasen los años, hablarás de esto, sobre el ataúd del violento, y te dirán ¡por qué te dormiste, hayas gritado, por qué recién me lo decís después de más de 20 años, hay que perdonar, déjalo descansar en paz.! ¿y qué hacemos nosotros para vivir en paz con toda esta violencia pegada en el cuerpo y alma?

En Bolivia no se entiende el silencio, el dolor, el nudo en la garganta, la depresión, las ganas de gritar, las lágrimas que brotan de la “nada”, estás silenciada y silenciado por el miedo, no te sale la voz, sentís calambres, escalofríos cada día al despertar y al dormir, o a veces cuando presencias una situación violenta o percibes el olor de la violencia, te alteras, te da migraña, te falta el aire, te pones iracunda o iracundo, te escondes, te autoinvisbilizas, para que no te lastimen.

Diversas son las formas en que se esconde el miedo, el terror al acoso, a los piropos, a las miradas, a la violación de toda índole, normalizada por un Estado violento que se pavea con categorías de inclusión, equidad, interculturalidad, en diversos foros mundiales, y no transforma en absoluto la realidad cotidiana de sus habitantes, ni genera las políticas públicas de salud y educación, que podrían ponerle fin a esta realidad.

En Bolivia, las leyes legitiman la violencia, el Estado se lava las manos dejando a las personas que han experimentado la violencia, completamente solas, mandándolas a negociar con el agresor. Además, hay prácticas que llaman “culturales” que legitiman esa violencia, si rompes esas prácticas, te dirán que estás “traicionando tu cultura”, por no cumplir con determinados mandatos y tradiciones, como, por ejemplo: no dejarte iniciar sexualmente por tu progenitor, es un acto de rebeldía y falta de respeto a las “buenas costumbres”.

En el estado Plurinacional de Bolivia, se legitima a nombre de la “cultura” un sinfín de actos de violencia, empezando por el caudillo del movimiento al socialismo, Evo Morales, quien, en diversas ocasiones públicas, expresó su violencia y machismo, basta con googlearlo para mayor detalle.

En Bolivia, el índice de hombres que abortan, es decir los que no cumplen con la pensión, o niegan a sus hijos, etc.: es del 48%, pero no se los penaliza, ellos abortan frente a todos, desconociendo sus hijos, no cumpliendo con sus responsabilidades de padres y de proveedores, rechazando asumirlas, yéndose de farra con los amigotes alcahuetes de tal aborto. El aborto, analizado desde una perspectiva antropofilosófica, desde una perspectiva pedagógica liberadora, es: abandono y rechazo, por lo tanto, abortan hombres y mujeres, desde hace siglos, pero solo el aborto de la mujer, entendido como acto fisiológico, es penalizado, ¿dónde queda la equidad de género aquí?
Desde 1972 el aborto de las mujeres es ilegal en Bolivia, pero el aborto de los hombres se sigue paveando por las calles y la vida. La pena por aborto es de uno a tres años en prisión, y de toda una vida penando y lidiando con tal experiencia a nivel psicológico, porque el Estado boliviano no genera condiciones de salud pública para sanar estas experiencias, que son finalmente, producto y responsabilidad de toda una cadena de violencia social, estructural normalizada y transferida.

Con las reformas aprobadas en diciembre de 2018 por el senado se amplificaron las causales, según la nueva legislación, tampoco será penalizado un aborto cuando sea para prevenir riesgos presentes o futuros para la vida y la salud integral de las mujeres embarazadas, se detecten malformaciones incompatibles con la vida, sea consecuencia de una reproducción asistida no consentida, de una violación o incesto, y cuando se trate de niñas y adolescentes, o si tienen a su cargo personas adultas mayores, con discapacidad u otros menores, o sean estudiantes. Esto parecía avanzar en el papel, pero en la realidad no ha cambiado nada, es necesario mirar desde otro lugar esta realidad, la herida; y asumir que los hombres también están abortando.

Luego de la desaprobación por una gran parte de la población boliviana por medio de masivas protestas, el nuevo Código del Sistema Penal fue abrogado el 25 de enero de 2018 mediante la Ley Nro. 1027; abrogando así las nuevas causales del aborto (mencionadas en el párrafo anterior), y manteniendo las del artículo 266 de la Ley 10426 del 23 de agosto de 1972.

esto, es urgente entender que el panorama legislativo no ha mirado la despenalización del aborto, desde una perspectiva ontológica, pedagógica, la cual que es urgente, y ello implica MIRAR LA HERIDA que como sociedad arde y molesta, y no queremos hablar de lo que nos molesta, pero el fétido olor de esta herida, está en la mesa de cada día, diciendo: conversemos, hilvanemos los hilos de tranquilidad y amor, para conversar y sanar juntos, porque hombres y mujeres siguen abortando, y es urgente sanar juntos.

A nivel de políticas públicas de salud y educación, es urgente entender que despenalizar el aborto no conlleva a que el aborto se ponga de moda y todas quieran ir a hacerse unos abortos; conlleva a la necesidad de plantearse seriamente una política pública que contemple la diversidad de variables de esta problemática: educación sexual, leyes contra el acoso de toda índole, etc. Despenalizar el aborto implica reconocer que las mujeres y hombres están experimentando violencia, la están transfiriendo de una generación a otra, de manera normalizada, despenalizar el aborto implica que podamos mirar la herida, conversar con ella, para transformar las condiciones de violencia en las cuales nos hemos habituado a convivir, y es momento de reconfigurar por completo estas formas violentas de convivencia.

Mirar la herida del aborto, del acoso, de las violaciones en distintos grados y formatos, estas y otras, que como sociedad nos arden y están infectadas, llenas de pus, tarde o temprano a todos nos salpica la sangre de estas heridas, directa o indirectamente; por más “sagrada familia” que seamos, por más que comulguemos, vayamos a misa, nos confesemos, y hayamos cumplido con todos los sacramentos, la herida está ahí, y nos afecta a todos, hayamos o no abortado, hayamos o no sido penetradas violentamente por un pene, hayamos o no sido piropeadas, acosadas, estas heridas son de la sociedad, de cada uno y cada una de nosotros, dejemos de hacer la vista gorda.

Es necesario generar condiciones materiales que permitan iniciar un proceso de reconfiguración del sistema político, jurídico y social que atraviesa todas estas realidades, que son nuestras heridas. Es necesario revisar nuestros patrones de comportamiento, pensamiento diario, frente a estos temas y otros más. Es necesario respirar hondo, tomar agua, y conversar sobre estos y otros asuntos, que generan violencia y nos tienen enfermos como sociedad.
Es necesario transformar radicalmente el sistema jurídico y político de Bolivia, reconocer que las heridas del aborto clandestino de las mujeres, las heridas que se pavean de sol a sol por parte de los hombres abortadores, reconocer que los partos sin padre son violentos, que la orfandad es violenta, los partos resultantes de una violación marcan la vida de la madre y del hijo o hija.

Es necesario transformar las formas de concebir la vida, porque el estado etílico y no consentimiento de una de las partes, desde el momento cero en que se dice: - No, me duele la cabeza, o estoy cansado, cansada, etc.-. ese momento y esa verdad debe respetarse, no insistir con manipulaciones variopintas, los abortos o partos resultantes de estas concepciones cargadas de energía manipuladora, son partos violentos, son concepciones violentas, son formas en las que el aborto también se manifiesta.

Es urgente empezar a concebir la vida desde el respeto mutuo, aprender a transformar la energía sexual y la libido, a dialogar con sus hilos sin causar daño, es urgente hablar de esto en las escuelas, en los hogares, en los salones de té, en las homilías de la misa, en las reuniones de diversa índole. Es urgente invertir en políticas educativas y de salud que hablen de estas heridas, desde distintas especializaciones y disciplinas, hablar de diversas heridas: aborto, violación, consentimiento, el NO, el piropo, el acoso, etc. etc.

Como sociedad necesitamos alumbrar condiciones que nos permitan mirar la herida, conversar con ella, sobre ella, sin sentirnos señaladas o señalados, ni en peligro, ni juzgados o juzgadas por diversas instituciones. Necesitamos generar hilos de sanación social, mirando la herida, conversando desde la conexión con nuestro ser espiritual (sin géneros, ni sexos) podremos empezar a generar opciones para sanarnos, para que la niñez y juventud de hoy y de mañana, la niñez y juventud de ayer, sane y viva sin miedos, sienta que, al caminar por las calles físicas y virtuales de Bolivia, su cuerpo no está siendo señalado como objeto de satisfacción genital.

Este texto es una invitación a mirar la herida, conversar sobre lo que nos duele, a confesar nuestros miedos, nuestra ira hacia un sistema que nos está matando en vida y que ha normalizado estos sentimientos y comportamientos, este (E) estado de enfermedad recalcitrante que engendra más y más violencia, desde hace siglos.

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