Opinión

Mis muertos y Leonard Cohen

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No sé, no recuerdo, si Chino Murillo, si a Chino Murillo, le gustaba Leonard Cohen. Creo que sí. Bebimos, era 1997 en Lost Angeles, con sus canciones, y tantas otras, Theodorakis, Los Olimareños, mientras buscábamos arte soviético y strip tease en las calles de North Hollywood. Trashumamos como Bukovskis fantasmas por la costa; nos olvidamos de Henry Miller en Big Sur, dejamos a Elmer desmayado en su cama de Redwood City y le robamos las camisas para que aprendiese a comportarse.

Preguntamos por putas tailandesas en San Francisco, mucho antes de que aquella ciudad se convirtiera para mí en la urbe de la discordia. Comimos, de a ratos miramos el Golden Gate, pero el alcohol ponía oscuros nimbos en las pupilas y solo bebimos. Ronald recitaba a Neruda y yo recordaba a Neruda y De Rokha vomitando en alguna ocasión. Hablamos por teléfono a Bolivia, cada quien a su perdido o iniciado amor. Cerveza en jarra. Manejar, manejar, con casamatas y mar del lado izquierdo, bosque del derecho. Estaba, andaba, por allí, John Steinbeck y pensé que esos espectros literarios me impedían conocer en serio la geografía.

Ha pasado el tiempo. El libro de horas (amado Rilke) fue arrasado una y otra vez: se llevó primos, parientes, niños. Hoy mismo, lunes del 19, la muerte pasó en carroza de flores por el oriente boliviano y se llevó gente que conocían los conocidos, de la que nos enteramos de rebote. De rebote viene la advertencia.

Bajo por la calle 9, doblo a la izquierda en Logan, a la derecha en la 8, a la derecha en Inca. Famous Blue Raincoat. I love you in the morning. He olvidado amar en la mañana. Escucho. Cohen no suena como muerto. Su cascada voz es de borracho no de fallecido. Cuenta de Janis, del amor que nos entregan las bellas a los hombres feos. Apuro un vaso de agua y asumo que podría ser vodka. Tengo sobre la chimenea un vino y una botella de cachaza, lo único que se salvo del diluvio. La disyuntiva es abrir o conservar, creyendo que un día cualquiera del calendario estará marcado en rojo para fiesta. Quiero estar preparado, tengo unos Oxford puntiagudos que necesitan brillo pero que alumbrarán la noche del desvestimiento, si llega.

Fernando amaba a Cohen. Lo tocábamos conduciendo como locos el viejo Cadillac por el centro de la capital. Julio asperga agua fresca sobre los pechos rubios, tetas de gringa de vello imperceptible. Mientras los diablos de Oruro aterrorizan niños vestidos con trajes de marino porque la bahía de Chesapeake está cerca y huele a agua, a mariscos, langostinos rojos como tenían los labios pintados las putas boca de langostino.

Chino ha muerto, Fernando también. Si nosotros todavía es porque la muerte parece una vacuna y si te mueres un poco con cada amor te haces inmortal, Prometeo desencadenado, devorando hígados femeninos, alimentándose de aquella sangre negra que guarda los humores y los celos.

Subo al auto blanco, carroza presuntuosa e inútil. Me inclino por el aguardiente. Sé que esta noche la Volskaya me llamará y dirá dulces palabras soeces. Tolstoi tuvo su Máslova, pues yo la mía.

Todo es literatura, hasta el amor.

La noche se va pintando de oscuro. Doy una vuelta extra a la manzana hasta que Leonard Cohen y su coro callen. Acomodaré el codo para comer una pizza y me echaré atrás en cuanto a emborracharme. No es que me dé miedo esta casa sola, única. Incluso he puesto velas sobre mantel guindo. Antes de cumplir sesenta no quiero volverme responsable. Me queda casi un año para hacerlo. Por ahora la enfermedad, la maladie. Lo deseo.

Acaba el lunes. Hubo una película española de los lunes, soberbia. La hembra que hacía de actriz, madura y soberbia. He olvidado su nombre como el de tantas. Pero más recuerdo que olvido y la caja de memorias de la cabeza se va haciendo pequeña; pronto necesitaré dos cabezas, tres, cincuenta. La Hidra de Lerna. Y, al tener mil bocas, tendré mil besos. Que los necesito.

2019

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