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6 de noviembre de 2018, 4:00 AM
6 de noviembre de 2018, 4:00 AM

La presencia simbólica de Chiquitos está alcanzando niveles mundiales. Es un conjunto de manifestaciones armónicas que se expresan en cultura viva, tallados, costuras, y el elemento de mayor impacto que alcanza con las partituras de música barroca, su dimensión universal. En medio de la selva, de caminos perdidos en la distancia, se multiplican sentimientos que unifican la tierra con lo trascendente.

Hay una explicación técnica. La capacidad material que reproduce la grafía de unos símbolos que se convierten en melodía, tiene en los niños y jóvenes que se divierten con la perfección y compiten con la sonoridad de un violín para arrancarle sus mejores tonalidades. Sentados en un banco de una iglesia misionera, en la geografía dispersa de nuestra patria, resulta siendo una exaltación de los sentidos.

Cada dos años, la fiesta alcanza los niveles que se merece y se multiplican las lenguas que conversan sobre Chiquitos, las sedes, la alegría y la fraternidad que alcanzan los conciertos; es como participar de un cumpleaños, un bautizo, una boda en la que el espíritu está abierto a gratificarse y compartirlo. Envueltos en una randa que reproduce la tierra colorada que le da color, las alas de ángeles tallados con rostros chiquitanos y el arrullo musical del viento en medio de los árboles sirven de telón de fondo a esta fiesta del espíritu.

¿Dónde están las Misiones Jesuíticas de Chiquitos? La pregunta recorre el mundo después de la Declaratoria de Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, los festivales de Música Barroca americana y el desvelamiento mágico y paulatino de los espacios del alma boliviana que habita en este territorio; el artículo de Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura, Chiquitos y la música, lo explica: “(Los jesuitas) en vez de armas, traían instrumentos de música; sus experiencias en Perú y Paraguay les habían enseñado que el lenguaje de las flautas, los violines o las cítaras facilitaban la comunicación con los naturales del Nuevo Mundo. Pero aquellos primeros misioneros nunca pudieron imaginar la manera en que los pueblos chiquitanos se apropiarían de aquellos instrumentos y de la música que acarreaban desde Europa, incorporándolos y adaptándolos a su propia cultura (...) cuatro siglos después se puede decir que la Chiquitania (o Chiquitanía: se acentúa de las dos maneras) es una de las regiones más melómanas del mundo, donde la música barroca sigue tan viva y actual como en el siglo XVIII, matizada y coloreada de sabor local por unas comunidades cuya idiosincrasia concilia, de manera admirable, lo tradicional y lo moderno, lo artístico y lo práctico, el español y la lengua aborigen”.

A veces, vivir en medio de la belleza hace que perdamos la dimensión que ella tiene. Y para degustarla se abren servicios turísticos que reconocen un modo de vida y un conjunto de valores cotidianos. En las Misiones existe una arquitectura que despierta admiración mientras en ellas hay pueblos que escuchan conciertos de música clásica interpretada por jóvenes, todos los días.

A Chiquitos, como construcción cultural de nivel mundial y como destino turístico a más de 250 km de Santa Cruz y 1.250 km de La Paz, le corresponde que los centros generadores de políticas públicas, la Gobernación y el Gobierno Central de manera concertada, faciliten la información, el acceso y las condiciones para que ello continúe. La gente, allá, desde sus comunidades y municipios, ya está cumpliendo con vivir en el territorio.

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