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8 de enero de 2019, 4:00 AM
8 de enero de 2019, 4:00 AM

La riqueza humana de los pueblos chiquitanos nos enfrenta a la necesidad de superar la simplificación de estar frente a un solo pueblo, el chiquitano, y una sola lengua franca, el bésiro. Tapuy miri, chiquitos, chiquitanos. Historia de un nombre en perspectiva interétnica, de Cecilia Martínez, ayuda a comprender la complejidad de esta construcción histórica, política, social y cultural de lo chiquitano.

“Según la evidencia más temprana, en el siglo XVI los chiquitos eran un grupo de indígenas que vivían al oeste de los xarayes, más allá de los etones, pamonos y jaramecocíes con quienes los asunceños e indios amigos guaraníes de la expedición de Ñuflo de Chaves, que salió de Asunción en 1557, mantuvieron violentas escaramuzas”.

“Los contornos de la entonces llamada provincia de Chiquitos, según informaba el memorial del P. Francisco Burgués en 1705, estaban demarcados por el río Paraguay al este; al oeste por la ciudad de San Lorenzo y la provincia de Santa Cruz de la Sierra; las serranías de los tapacuras la separaban de las misiones de Mojos dependientes de la provincia jesuítica del Perú por el norte, y Santa Cruz la Vieja y su serranía marcaban la separación del Chaco al sur”.

Antes de la generalización del nombre chiquitano, estos pueblos eran reconocidos como m’oñeyca, que quiere decir “los hombres”, con el que se designaba a toda la nación. En el vocabulario redactado por el jesuita Felipe Suárez, ‘hombre’ aparece como ñoñeys y ‘humanidad’, m’oñeyqui. El nombre de m’oñeyca se entiende a toda la nación en general, respetándose los nombres de las tribus que los conformaban.

Con el tiempo, la denominación combinó los nombres de tapuymiri (guaraní), chiquitos (castellano, por el relativo al tamaño de las puertas de sus casa) y tovaçicoçi, de influencia zamuca. “Combés lo interpreta como evidencia de la chiquitanización de la región producto de una posible combinación entre el chiquito y la lengua de los gorgotoqui que poblaban los alrededores de Santa Cruz la Vieja, tal vez de origen otuqui”.

En las misiones, todos estos grupos con sus respectivos nombres fueron reconocidos como ‘parcialidades’ que respondían, cada uno, a un jefe, y los jefes de las distintas parcialidades conformaban el cabildo indígena de cada misión (Hoffman).

“El censo de Chiquitos por parcialidades realizado en 1745 seguía reflejando la diversidad de grupos existentes en las misiones: piñocas, purasis, paicones, quiviquicas, baures, guapas, guarayos, boococas, tubasis, puizocas, yurucarés, zibacas, quimomecas, quitemas, napecas, paunacas, cusicas, tapacuras, taus, tanipicas… La persistencia de los nombres de las parcialidades se debe a que, efectivamente, seguían teniendo existencia real en el mapa étnico de las misiones, la disponibilidad de documentos en los que aparece registrada es mérito de la atención y del interés que los padres de la Compañía de Jesús le prestaron al asunto; de hecho, el humanismo jesuita es, sin duda, un gran capítulo de la etnografía y de la etnohistoria americanas”. Además, en las reducciones fueron integrados otros grupos que hablaban lenguas de otras familias y, por lo tanto, pertenecientes a otras ‘naciones’: otuqui, arawak, zamuca, chapacura y guaraní.

Finalmente, durante el periodo ‘reduccional’ la polisemia de chiquitos creció en la misma medida en que su origen interétnico fortaleció la construcción del Chiquitos actual.

Resume Alcides Parejas Moreno en Chiquitos, historia de una utopía, escrito junto a Virgilio Suárez: “Fue esta república algo muy original dentro del antiguo mundo, esto fue algo que se demuestra como la República, de Platón; la Utopía, de Tomás Moro; la Ciudad del Sol, de Tomas Campanella; la Arcadia, de Felipe Sydney, y otras visiones de pensadores y filósofos de la época”.

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