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11 de marzo de 2017, 4:00 AM
11 de marzo de 2017, 4:00 AM

Esta semana se cumplió el centenario de aquella movilización de obreras conmemorando el Día Internacional de la Mujer, que desencadenó la llamada Revolución de Febrero (por el calendario juliano) y precipitó la Revolución Soviética. Las textileras no tenían más que un pan rancio para sus hijos. Sus hombres estaban en el frente de guerra y ellas debían trabajar, además de encargarse de su hogar. Aunque las ciudadanas ya participaron en la Revolución Francesa, en 1917 estaban organizadas y luchaban en un contexto de demandas femeninas propias, como el derecho al voto.

Un siglo después, cómo están las mujeres rusas, ¿son más libres?, ¿son más felices?, ¿son más autónomas? ¿O solo son estadísticas que cubren lo poco que cambiaron sus condiciones? Las luchas feministas siguen más ocupadas en los números y en el aborto que en insistir en políticas públicas integrales para lograr la igualdad de oportunidades.

Mucho menos le interesa a Naciones Unidas los asuntos del amor, de la ternura, de la unidad familiar para que todos, hombres, mujeres y, sobre todo, niños, se desarrollen como seres armónicos. Hay dinero para campañas sobre derechos reproductivos, no para alentar a los poetas y creativos, más humanos que los soldados.

Bolivia debe a cuatro mujeres y a sus 14 hijos la apertura democrática, esposas de mineros, madres de familia, que lanzaron los dados sin los cálculos de los dirigentes sindicales y lograron la victoria a favor de todos los presos, los exilados, los bolivianos. ¿Qué organización feminista se acuerda de ellas cada 18 de enero?

Hemos fallado y hay que preguntarse por qué, se preguntaba un panelista en un reciente foro organizado por la embajada sueca, que reunió a lo más representativo de mujeres y organismos que trabajaron por poner en agenda el tema de la mujer. Otro enfrentaba datos con una realidad que es más dura para la mujer, el 80 por ciento de los alimentos se importan, asunto que merecerá un análisis más detallado por todo lo que significa.

Hubo un enfoque exagerado en las cifras para mostrar avances. El Gobierno aprovecha ese discurso. Así esconde que los principales programas sociales, los más publicitados, como el Bolivia cambia, Evo cumple, no contemplaron ni políticas de género ni las dificultades de las campesinas, desde las canchas de pasto sintético hasta las sedes sindicales.

Al importante análisis que hizo el parlamentario Oscar Ortiz a ese fondo clientelar, las feministas podrían desentrañar si dar tanto dinero benefició a las mujeres, si el ‘cambio’ es real y sostenible 

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