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Museo del café y la jipijapa en Buena Vista

Mario Suárez Riglos 19/7/2021 05:00

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Humea la olla, y uno atiza el fuego con un sombrero de jipijapa, a modo de improvisado baquitú. El aroma que sale de la olla es sublime, inconfundible, acogedor, es el aroma del café. Su entorno natural, de bellos paisajes, de horizontes azules y verdes cercanos, no puede ser otro que el de Buena Vista, en la provincia Ichilo.

Uno, entonces, piensa y dice: Debo introducir estos elementos, y otros, en un museo o en un centro de interpretación que resalte la importancia de estas dos industrias que, sumadas a la belleza del entorno buenavisteño, con seguridad multiplicarían el atractivo de turistas a la zona.

La receta está completa, entonces: Café, jipijapa, turismo, ahora solo hay que seducir a las autoridades municipales y cívicas de tan bella ciudad para que se animen y le metan.

Pero es que Buena Vista no es solo café, jipijapa y turismo, también es roscas y cuñapeces, pandearroces y buen queso, es actividad agropecuaria, naranjas, y achachairuces de los mejores, pesca cercana y, como capital de Ichilo, es proximidad con otras comunidades como San Carlos, Buen Retiro, San Juan, Yapacaní y Huaitú, estas últimas como muestras de la hospitalidad local que acogió y acoge colonización japonesa y de otras regiones de Bolivia.

Y si algo más hay para deleitarse en Buena Vista son precisamente sus buenas y bellas vistas, que se encuentran entre los paisajes más hermosos que tiene el departamento de Santa Cruz, pues en la zona se funden ambientes tropicales y amazónicos con elementos de la cordillera andina, que allí fue bautizada con el nombre bien castizo de Serranía de La Tambora.

La llanura se encuentra con la parte baja de la cordillera, pero el contraste topográfico es claro, la planicie termina en un horizonte recortado por la silueta de laderas, precipicios, cornisas y cerros, uno de ellos con giba, y los ríos acompañan como serpientes que zigzaguean al salir de las montañas en su búsqueda de cotas bajas para viajar con nombres varios ‒Surutú, Yapacaní e Ichilo‒, tributando al Mamoré para llegar al Amazonas y al Atlántico como destino final.

Sobran, pues, y son muchas las razones para convocar gente de otras provincias y de la capital por la entrada más antigua ‒la original‒, al Parque Nacional Amboró, cuya representación también debería ocupar un amplio espacio en un museo que se instale en tan bonita ciudad.

No olvidemos que los museos son a la vez centros de interpretación que ayudan a recordar y entender el pasado, a resumir gráficamente el presente y a proyectar el futuro en base a su historia, y en Buena Vista hay mucho que contar.

Historia real hay en Buena Vista tanta como para hacer dulce, pero también hay muchos mitos de tesoros escondidos, de túneles que llevan a las entrañas mismas del cerro Amboró, de truenos que retumban como carajazos en La Tambora, y son muchos los personajes notables que tuvieron su cuna allí.

De manera que tema no va a faltar, y menos si se agrega su historia forestal, rica en mara y otras especies finas, y sus galardones todavía presentes como una de las regiones arroceras por excelencia, principalmente con las varias generaciones de japoneses-bolivianos que día a día se rompen el lomo desde San Juan.

Y mientras no llegue el museo, anímese, visite Buena Vista, tómese un buen café y compre para llevar, visite las tiendas de jipijapa y pregunte cuanto cuepestapa un sombrero, que seguro usted se va a querer comprar uno para taparse del sol y de las miradas curiosas de quienes le vean la cara feliz por haberse sentado en los aleros y galerías coloniales de las casas de su plaza principal para, en buena compañía, tomarse el mejor café.

Mario Suárez Riglos es Historiador

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