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Los últimos días del año señalan que de nuevo estamos haciendo las cosas a medias. Se nos repitió durante todo el 2020 que debíamos resguardarnos del coronavirus y de la pandemia que es letal y sistemática, silenciosa y universal.

El coronavirus arrasó sin descanso y sin permiso. Pero el argumento estaba donde todos sabemos, en el mismo hombre. En el inquieto ser que no puede no ser gregario y buscar de un modo u otro salir, moverse, trasladarse, extralimitar sus espacios, muchas veces porque no quedan opciones. 

El virus fue y vino cuantas veces quiso, las cepas mutaron y lo seguirán haciendo a pesar de las vacunas que, en forma extraordinaria, ya empiezan a estar al servicio de la humanidad, aunque su acceso no sea global, comienzan a mostrar la luz al final del túnel, tan oscuro, largo e impenetrable que parecía hace unos meses.

Hoy estamos en el nudo, en la convergencia, como en ese punto del jardín de senderos que se bifurcan, parafraseando a Jorge Luis Borges. Desde esa perspectiva ponía al tiempo como un estado de alerta, bajo una inflexión permanente y decisiva. Nos hallamos en el pretil del rebrote y en el albor de la vacunación anticovid. En el reinicio de reinventar la forma de hacerlo bien, con la vacuna que ilusiona ser la solución, pero que no alcanza a completar el deseo definitivo de salir de este entuerto que al parecer será largo. 

Es un sofisma creer que la solución inmediata esté en la vacuna, primero, porque en Bolivia no llegará pronto, segundo, porque la distribución será limitada y tercero, porque llevará mucho tiempo inocular al menos a la mitad de la población. En España, por ejemplo, ya empezaron y estiman que para junio próximo se habrán vacunado entre 15 y 20 millones de personas, de una población de 47 millones.

Pero poco y nada se traducen los mensajes que bajan de los gobiernos y de la ciencia sobre el cuidado individual que se promulga en lo colectivo. Sin fuerzas y con pesar, las normas y quienes las decretan están a punto de bajar los brazos, a menos que se tomen fuertes decisiones para evitar la tragedia. Pero las elecciones subnacionales irrumpen nuevamente en el escenario político y las barajas se ensañan de nuevo contra la sanidad pública. 

Y como por inmadurez no se aplaza nadie, seguimos un camino sinuoso ante las recomendaciones de las que hacemos caso omiso. Es muy probable que las facturas de esa desobediencia colectiva socapada por el sistema del dejar hacer y hacerse el distraído, se paguen con el tiempo y con vidas humanas.
Algunas estimaciones que se escucharon a principios de esta pandemia argumentaban que se perderían 30 mil vidas en Bolivia. Hoy, transcurridos 10 meses, estamos cerca de contar los primeros 10.000 fallecidos.

Muy al alcance de nuestras posibilidades colectivas hay un paliativo lógico y racional como el saber cuidarse a uno mismo y a la vez a todos. El respeto a las normativas básicas de conducta social e individual evitará más muertes, absurdas, por cierto. Pero de continuar con la tozuda forma de no querer entender que no hay otra salida que es la de respetar las medidas y los protocolos mencionados, nuestra suerte estará echada.

No querer ver y admitir lo que el mundo nos muestra con claridad, aquello que golpea en Europa, Estados Unidos, Brasil, etc. es un conjuro de necedad sorprendente. Tal vez necesitemos comenzar a diagramar medidas más estrictas, pero en forma inteligente, evitando poner en riesgo las posibilidades de subsistencia de los que menos tienen y pueden. Nos preguntamos si verdaderamente somos hijos del rigor y necesitamos del confinamiento extremo para liberarnos de este virus o sabremos lidiar con nuestros propios límites hasta que después del primer trimestre, del año que nos espera, comience a bajar la intensidad de esta pandemia implacable.

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