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17 de abril de 2023, 4:00 AM
17 de abril de 2023, 4:00 AM

Por: Aarón Mariscal. Lic. en Ciencias de la Comunicación

Uno de los sofismas más burdos difundidos en Semana Santa y en cuaresma fue el que plantea el falso dilema entre comer carne y ser buena persona. Esta idea, además de engañosa, exige cierto análisis para evitar malentendidos.

Los críticos aseguran que los católicos no deberían abstenerse de carne los viernes de cuaresma, porque a pesar de abstenerse, siguen siendo malas personas. Conclusión: solo importa lo interior y lo exterior no importa. ¿Es esto así?

Bien, es cierto que lo interior es más importante que lo exterior, que la penitencia espiritual es mejor que la corporal, pero eso no significa que debamos rechazar toda penitencia corporal. Penitencia corporal es cualquier ‘castigo’ autoinfligido para controlar mejor los apetitos o pasiones del alma y no depender mucho de ellos.

Este sacrificio consiste en someter al espíritu mediante la carne, lo cual implica la ausencia de placeres legítimos, como comer carnes, dulces u horneados, o placeres ilegítimos, como mentir o tener relaciones sexuales sin casarse.

Sí, hacer el mal puede causar placer, y eso no significa que sea bueno hacer el mal. Por ejemplo, el chofer de micro que, dejándose dominar por la sensibilidad de sus oídos, eleva el volumen de la música que le gusta en su espacio de trabajo, disfruta de esas canciones, pero causa daño a sus pasajeros, porque debido al ruido, él no puede escuchar con claridad si ellos le piden que pare en sus lugares de destino.

La abstinencia de placeres legítimos e ilegítimos predispone al alma para la virtud. Así lo aseguraron no solo la Iglesia católica, sino también los antiguos, los clásicos, los romanos, los paganos.

No hace falta ser católico para darse cuenta de los enormes beneficios que trae el sacrificio a nuestra vida diaria. La Iglesia solo está ahí para recordarnos las cosas obvias, pero de manera mejor argumentada y sistematizada que por otros medios, y además, con siglos y siglos de documentación al respecto.

El mundo moderno le reprocha a la Iglesia su fomento del sacrificio, pero realiza sus propios sacrificios de males o de bienes menores para obtener bienes mayores. El ateo o protestante que desprecia los sacrificios católicos, es capaz de sacrificar parte de su alimentación diaria para conservar la salud. También sacrifica su tiempo para trabajar en un empleo que le permita generar ingresos.

Así, el hombre moderno le reprocha al antiguo su inclinación ascética: dice que esas tradiciones quedaron en el pasado, no se deben repetir más. Y, sin embargo, realiza sacrificios todos los días: aceptar empleos humillantes para sacar adelante a la familia, evitar ver películas en la tarde para salir a la calle a marchar por X o Z causa social, etc.

Nadie puede huir de los sacrificios: aunque se le reproche al católico los ayunos y abstinencias, los sacrificios seguirán existiendo. Los modernos deben darse cuenta de que los antiguos hacían ciertas cosas por buenas y sabias razones, y no simplemente por ‘oscurantistas’ y ‘retrógradas’.

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