Opinión

Narcoestado

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26 de febrero de 2017, 4:00 AM
26 de febrero de 2017, 4:00 AM
Cuando escribí Coca, poder, territorio y cocaína advertí que resultaba peligroso que se planifique aumentar sin justificación socioproductiva, sea de consumo o de otras actividades, como la producción en escala de productos “útiles y legales” derivados de la “hojita sagrada”.

 

La razón de ampliar los sembradíos hasta dejarlos en 22.000 o poco más de hectáreas obedece a dos razones: la primera, la ausencia de un Estado que sea capaz de hacer cumplir la ley que establecía una cifra harto menor. Y la segunda tiene que ver con una razón geopolítica que creo haber explicado muy bien en el libro: la coca de Chapare consolidó un espacio vital para el MAS como expresión del movimiento cocalero, ese espacio les dio poder, el poder comenzó siendo territorial hasta que se convirtió en una gran fuerza política (ahora menos que antes, pero fuerza mayoritaria al fin), que, una vez logrado el poder, volvió a Chapare, resguardando los principales espacios del control cocalero para dirigentes cocaleros de Chapare, fundamentalmente. La muestra es que Felipe Cáceres (segundo hombre de Morales en Chapare) es, desde hace muchos años, el hombre que controla la coca y combate la cocaína.

Territorio, coca y poder se expresan no solo en el crecimiento permanente de los cocales (a decir de Cáceres, “en 11 años de gestión las unidades antidroga erradicaron 86.488 hectáreas de coca), manteniendo las 20.000 hectáreas a aprobar en la nueva ley, sino que, además, no se va a aceptar el libre cultivo porque, claro, aceptar tal situación implica perder el control político del cocalero y corren el riesgo de que se descontrole la actividad de los narcotraficantes en el país.

 

El narcotráfico en Bolivia no es tan violento como en otros países, porque en realidad no son los narcotraficantes quienes determinan ni la actividad de los cocaleros ni los valores de la hoja; son los sindicatos los que determinan precios y actividad, de siembra y de dónde se dirige la hoja sembrada. Los cocaleros hicieron de Chapare un ‘santuario’ (lugar protegido) donde se hace cada vez menos cocaína y han determinado que la coca de Chapare se envíe a Santa Cruz, concretamente a San Germán y otros en la provincia Ichilo y en las fronteras inmediatas de occidente, donde se encuentran las pozas de maceración de cocaína, manteniendo a Chapare como área de siembra preferentemente.

 

Queda claro, 22.000 hectáreas de coca son como 10.000 más de lo que se necesita para el acullico. ¿El resto? Irá a cubrir las necesidades del narcoestado y de la estrategia política de quienes conocen el valor cualitativo de Chapare en el territorio nacional. El mundo nos va a mirar de otra manera, no hay duda de ello 
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