El historiador y periodista venezolano, Moisés Naím, nos alerta - una vez más - en su último libro Ilícito (Edición Taurus) que para que el narcotráfico, el contrabando y para casi todo lo ilícito, se requiere como factor sine quanon, la "complacencia y complicidad" de gobiernos, policías, jueces o de las instancias llamadas a luchar contra estos flagelos. Para el escritor, estas mafias globalizadas están cambiando todas las estructuras formales por su enorme capacidad de corromper a cualquier funcionario público que se les cruce por su camino. No hay límites.
La tesis de Naim es de que el comercio ilícito - en todas sus variantes y cadenas sociales y económicas – es global y con fuerte presencia local. Una especie de glocalización; es decir, desarrollar negocios ilegales e implementar prácticas corporativas reñidas contra la ley a nivel mundial, pero con una mirada regional que se adapta muy eficientemente a escenarios y contextos muy locales. Estamos hablando de municipios e incluso sub alcaldías pequeñísimas de unos cientos de habitantes. De esta manera, los contrabandistas y narcotraficantes “cierran alianzas comerciales” con autoridades y juntas de vecinos de una región, a quienes se les provee dinero en coimas, beneficios y hasta ser parte del negocio como micro productores o distribuidores o trasportistas de distintos productos ilícitos. Su corrupción es medular y revienta por los aires el comercio formal o aquella idea de que ser formal o estudiar y trabajar de manera legal es una una buena opción o el camino para lograr bienestar social y económico. El dinero fácil, siempre, lo destruye todo.
Desde su gigantesca logística hasta el uso de monedas digitales y dinero virtual para comprar o vender cualquier clase de mercadería en todo el planeta, parecería que nada se les escapa y la lectura de Naim es demasiado peligrosa al sostener que, bajo todo este contexto, es imposible que exista narcotráfico o narcotraficantes, contrabandistas y comerciantes ilegales sin la complacencia y complicidad de los gobiernos.
Como ejemplo el analista pone en relevancia a Ciudad del Este en Paraguay donde se desarrolla un prolífico tráfico multi producto junto a un blanqueo de dinero rutilante en la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Bolivia. Y cuyos beneficiarios ni siquiera se toman la molestia de “esconderse” o de mantener un bajo perfil. Por el contrario, actúan a plena luz del día a sabiendas que quienes están llamados a controlar o fiscalizar, están en las billeteras de uno o de todos los malandros que pululan en la zona.
Otro factor que se pone de relieve es la revolución de las nuevas tecnologías que anularon las distancias o las extensas geografías difíciles de cubrir y de proteger por parte del ilícito. Antes se requerían de custodios al margen de la ley o de guarulas armados hasta los dientes para mover dinero para pagos ilegales. Ahora los países ya no están lejanos entre sí. Todos son adyacentes, cercanos, a un solo click. El alcance geográfico ya no existe. Este nuevo factor no tiene precedentes en la historia comercial de toda la humanidad.
Por otro lado, está la perforación continua y constante de todos los actores políticos, autoridades y policías regionales que a diario deben enfrentar la tentación de ser atrapados por la extensa y densa red de estas mafias ilegales que operan sin fronteras y que parecen no tener ninguna barrera de entrada como tampoco de salida.
Pero lo más inquietante para Naim es que el tráfico ilícito aglutina a casi todas las administraciones públicas – desde las nacionales hasta las subnacionales -, y además "las coloniza, las esclaviza, las manipula y las compra", incluyendo a todos los comercios en todos los niveles, por lo que "es imposible que los regímenes no estén involucrados", nos alerta el analista.
El primer paso posible para atajar este crimen desmesurado y glocalizado es la toma de conciencia por parte de todos los involucrados de que "existe una amenaza tan importante o mayor que el propio terrorismo. Cualquier posible solución que no se conciba de esta manera el ilícito, sería infructuosa por los cientos de miles de agujeros negros en toda la transversalidad de la lucha contra el crimen.
Estos agujeros negros geopolíticos son como los hoyos negros del universo: literalmente, si se acercan un poco, quedan engullidos por completo. Nuestras reglas tradicionales, nuestras formas de entender el sistema no existen. Ya no son válidas y en este ecosistema corrupto los traficantes son el poder más importante y hasta casi hegemónico.
Para que un país sea atractivo para los traficantes, debe tener una administración de justicia muy débil, unas fuerzas armadas fácilmente comprables, un liderazgo político corrupto y un sistema financiero suficientemente grande y sofisticado como para poder digerir y transferir fondos, así como una buena localización geográfica.
Por eso Venezuela es un paraíso para los traficantes, ya que cumple con los anteriores requisitos y, además, es un país donde el petróleo ha terminado por ser una fuente de distorsión, de pobreza y de desigualdad más que de prosperidad.
El narco fue uno de los grandes beneficiados de todos estos estados corruptos como lo fue el Estado Plurinacional del MAS. Y ahora estamos pagando las facturas con ajustes de cuentas a diario y el secuestro de grandes cantidades de droga en las fronteras vecinas, derruyendo nuestra imagen como país al subsuelo.