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5 de octubre de 2017, 4:00 AM
5 de octubre de 2017, 4:00 AM

Evidentemente, don Cristóbal se maravilló con la exuberancia de aquellas tierras vírgenes de abundantes riquezas naturales y minerales. De ellas y de la posibilidad de reclamarlas para sí y para sus monocultivos de coca en pos de la prosperidad del sindicato.

Evidentemente tuvo que domesticar y perseguir a unos cuantos ‘indios’ y activistas que no quisieron aceptar la nueva fe ni la nueva cultura que se les imponía.
Evidentemente atropellaron, violaron y saquearon la naturaleza que era la verdadera fe y religión de los habitantes de aquel lugar. Y la historia, que todo lo repite en ciclos de más o menos 500 años, llamó a esta hazaña: Colonización (y a sus acérrimos devotos: colonos o multiculturales)

Evidentemente siguieron casi paralelamente la misma suerte las tierras de los tacanas en el norte de La Paz, de los tsimanes y los yuracarés, y los bosques vírgenes de la amazonia boliviana. Con la consiguiente toma de estas tierras por parte de hordas de devotos de la nueva fe, para quienes el bosque representaba una presencia indeseable y contraria a sus fines de ‘limpiar’ sus terrenos. Y he aquí que la deforestación se hizo regla y religión.

Evidentemente el cuento chino de la mecanización del agro no fue otra cosa que un negocio turbio de venta de maquinaria. Evidentemente los caminos se asfaltaron con cemento peruano (porque el nacional era de oposición). Y con esta jugada el número 10 le asestó un rodillazo en las bolas a su contrincante.
Evidentemente don Cristóbal tuvo que establecer reglas y explotar el oro, el gas y el petróleo de esas tierras ‘olvidadas’ por Dios (por ese Dios) para contentar la ambición de los habitantes de Palacio. Ese Palacio que se encontraba tan lejos y donde era imposible concebir la idea de una deposición sin un inodoro.

Evidentemente culparon a los indios de salvajes y se acostaron con sus mujeres por orden real. Para hacerse propietarios con derechos sobre esas tierras. Y así nacieron mestizos que sufrían severas crisis de identidad en época de censo poblacional. Evidentemente no respetaron jamás a nadie que no pensara como ellos, a nadie que osara tener otra visión de la vida, a nadie que no estuviese sindicalizado.

Y he aquí que mataron a esas otras culturas, lentamente, con un veneno que las corrompió por dentro. Magistral movida de una mano oscura que se camufló entre la maleza y que habida cuenta de sus poderes sobrenaturales las hizo desaparecer.

Esas otras culturas a las que habían ensalzado en sus discursos, pero que habían atropellado con sus políticas.
Evidentemente fue así. La historia que conocemos se repitió. Y se repitió.

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