Impreso

Ni chicha ni limonada

Alejandro Arana Jáuregui 21/11/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Sin duda alguna que el año 2020 quedará registrado en los anales de la historia y en la memoria de todos como el año en que sufrimos los trágicos efectos de la pandemia de coronavirus en la salud pública y la economía mundial. Simultáneamente otro germen se propaga por el mundo de forma silenciosa y aparentemente inofensiva, la epistemofobia o miedo al conocimiento. Aunque suene increíble, dicha fobia existe y se caracteriza por la resistencia al cambio y sobre todo el temor de adquirir conocimientos que contradigan los paradigmas propios. Ciertamente resulta irónico que esto ocurra en pleno siglo XXI y viviendo en lo que se conoce como la sociedad del conocimiento. No obstante, este mal no es nuevo ya que sus orígenes se remontan a la antigua Grecia y en particular al sofista Protágoras, quién es considerado el primer gran exponente del relativismo, línea de pensamiento que según la RAE es la teoría que niega el carácter absoluto del conocimiento, al hacerlo depender del sujeto que conoce. Es así como dicho autor afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, lo que muchos han resumido con la famosa frase de que ‘todo es relativo’.

Efectivamente, cada vez es más difícil ser testigos o partícipes de verdaderos diálogos o debates en que se expongan alternadamente argumentos o ideas sobre cómo resolver un problema en particular, con el fin de llegar a un acuerdo o solución. Obviamente, puesto que lo anterior, requeriría la humilde predisposición de los interlocutores a reconocer que existe una opción que, aunque tal vez no sea la ideal ni la preferida por todos, es la mejor en determinada circunstancia y que ambas partes tengan la voluntad de encontrarla y aceptarla. Pero ¿cómo hacerlo si de acuerdo con la ideología imperante todo depende del cristal con que se mire y por lo tanto no existe un piso o una base común sobre la cual razonar? Cada cual siente que tiene derecho a que se respeten sus ideas, no importando lo disparatada de ellas y olvidando que las que realmente merecen consideración son las personas y no necesariamente cualquier barbaridad que pueda salir de sus bocas. Desafortunadamente, esa búsqueda honesta de la verdad sobre un tema en particular y el sano ejercicio de debatir en busca de ella no está muy bien visto en estos tiempos y, por el contrario, quien lo practica es considerado arrogante y agresivo por osar creer tener la razón. No se debe olvidar, que en la actualidad lo cortes y socialmente aceptado son las charlas intrascendentes donde nadie sea confrontado con la posibilidad de un pensamiento crítico, pero en caso de vernos ante la incómoda situación que alguien cuestione nuestras ideas, la salida que dicta el protocolo es aceptar cualquier afirmación como la verdad del otro. Lo peligroso es que al parecer nadie estaría inmune a la fiebre del relativismo puesto que ataca aún a aquellos que por formación o vocación son amantes de la ciencia y el método científico. Lamentablemente, la liviandad con que algunos están dispuestos a aceptar juicios ajenos, con tal que no se cuestionen los propios, son el caldo de cultivo para el crecimiento de ideologías destructivas como son las de género, el socialismo y más recientemente, el terrorismo islámico en Europa.

No por nada advertía el Señor, ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Es que algunos en su afán de inclusión y respeto terminan siendo ni chicha ni limonada.