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30 de julio de 2017, 4:00 AM
30 de julio de 2017, 4:00 AM

Cuando disentir es prohibido, ese día se acaba la democracia. Venezuela es el país donde la justicia no tiene independencia y está sujeta a los caprichos del dictador del siglo XXI, Nicolás Maduro. Según datos de la ONG de defensa de los derechos humanos Foro Penal Venezolano (FPV), un total de 4.072 personas han sido detenidas en Venezuela desde el 1 de abril de 2017, cuando se iniciaron las manifestaciones en contra el Gobierno del dictador. De igual manera, el FPV señala que a la fecha hay 442 presos políticos.

Además, un estudio elaborado por la organización estadounidense The World Justice Project, que analiza 97 países, define la justicia venezolana como la peor del mundo. Los tribunales penales venezolanos se ubicaron en el último puesto del ranking, incluso por debajo de países como Zimbabue e Irán.
Con una inflación que este año alcanza el 720%, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional, se estima que el próximo año supere el 2.000% en caso de que continúen los índices alarmantes de corrupción, la falta de incentivo al aparato productivo y al sector privado.

No quedan dudas de que Maduros es el modelo del dictador del siglo XXI. Ejerce el poder bajo el manto de una supuesta democracia, argumentando que el voto ciudadano lo llevo a la Presidencia. Si bien las urnas lo convirtieron en gobernante, los actos son los que definen a un demócrata. Reprimir a los que piensan distintos es el primer camino que recorre un dictador. Declarar traidores a los que están en desacuerdo con sus políticas económicas y sociales es el segundo paso de un tirano. Concentrar el poder político a través de la justicia, encarcelando a los opositores, es el tercer paso de un opresor. Enfrentar al pueblo y desconocer sus demandas es el cuarto camino por el que actualmente transita Nicolás Maduro. El quinto, y el más peligro, es el rechazar la oposición política y gobernar con militares y paramilitares en las calles, bajo el pretexto de que se está atentando contra un Gobierno legítimo, que nace del voto democrático.

No nos engañemos, Nicolás Maduro es un peligroso dictador del siglo XXI, cómplice del narcotráfico y de mafias organizadas en Venezuela. El senador estadounidense Marco Rubio, durante una intervención en el Senado de Estados Unidos, celebrado el 19 de julio, fue enfático al señalar que Diosdado Cabello, una de las piezas claves de la organización criminal de Maduro (exgobernador del estado Miranda, presidente interino de la República el 13 de abril de 2002, fue ministro de Obras Públicas y el sexto presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela), “es el Pablo Escobar” venezolano.

En el mismo tenor, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, concordó con el senador Marco Rubio en las implicaciones del Gobierno venezolano con el tráfico ilegal de drogas, y resaltó que varios familiares cercanos al presidente Maduro están presos en Nueva York por vínculos con el narcotráfico. 

Un escenario dantesco el que atraviesa Venezuela. La violencia es una espiral en las calles venezolanas, las puertas de una guerra civil se abren a paso firme.
La pregunta: ¿Hasta dónde se le permitirá llegar a esta imitación de Hitler caribeño? El mundo tendrá que seguir aguantando la insolencia y los abusos de este tirano que ha violentado toda norma del derecho humano. Esperemos que Maduro termine como Manuel Noriega expresidente de Panamá, que el 4 enero de 1990, fue extraditado a EEUU por sus vínculos con el narcotráfico y condenado a 40 años de cárcel; o como Carlos Lehder, uno de los principales aliados de
Pablo Escobar, capturado en 1987 y fue el primer extraditado del Cartel de Medellín, y fue condenado a más de 135 años de prisión. Si los delitos por los que se sindica al Gobierno de Maduro están siendo investigados por la DEA y son confirmados en las semanas venideras, ya no estamos hablando de un dictador, estamos frente a la narcodictadura más pavorosa de los últimos 30 años que se ha instaurado en el Sudamérica y el Caribe. 

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