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Quizá Ucrania parezca muy lejos de la región, y ciertamente físicamente lo está, a nada menos que a unos 12.000 kilómetros de Bolivia, pero en los tiempos actuales de un planeta globalizado, donde lo que ocurre en el otro extremo del mundo se conoce en simultáneo en cualquier lugar, donde los nuevos alineamientos afectan de cualquier modo a la mayoría de los países, una guerra en Ucrania no se vería como algo distante y volvería a sacudir la frágil paz mundial.

En los últimos meses, el presidente ruso Vladimir Putin ha ordenado el traslado de 100.000 soldados a la frontera de Rusia con Ucrania. Hace una semana, el presidente de Estados Unidos Joe Biden declaró que cree que Rusia invadirá Ucrania y advirtió, en tono de amenaza, que se arrepentirá de ello si finalmente ocurre.

Ucrania era parte de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pero con la caída del esquema, se independizó. Eso ocurrió hace tres décadas. Durante estos años, Ucrania se debatió en medio de profundas divisiones internas, con dos regiones que tiran cada una por su lado. La región occidental del país es más partidaria de integrarse con Europa Occidental, mientras la región oriental se mostraba más cercana a una alianza con Rusia.

El año 2014 Putin se anexó la región ucraniana de Crimea, aprovechando su poderío militar y la debilidad ucraniana de aquellos años, y luego atacó la región de Donbás, en una guerra de fuerzas internas, unas gubernamentales y otras separatistas apoyadas por Rusia, que dejó más de 14.000 muertes.

Las agresiones rusas llevaron al gobierno de Ucrania a anunciar su ingreso en la Unión Europea el año 2024, y también a manifestar su interés de pasar a formar parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Putin, que antes de ser presidente dirigía los servicios de inteligencia rusos que reemplazaron a la famosa KGB, lleva en el poder más de 21 años ininterrumpidos, y no ve con buenos ojos que Ucrania se acerque a Europa Occidental porque cree que ese país es de su propiedad.

Putin, que ha provocado que varios países occidentales impusieran sanciones a Rusia por su injerencia en las elecciones de Estados Unidos en 2020, por el ciberataque contra 18.000 personas que trabajaban en empresas y en el gobierno de Estados Unidos y otras transgresiones condenables, ahora quiere usar a Ucrania para obligar a los países a levantar sus sanciones.

Estados Unidos quiere involucrarse en el conflicto de Ucrania porque en 1994 Rusia violó el acuerdo firmado entre Rusia, el Reino Unido y Washington en el denominado Memorando de Budapest, que debía garantizar la soberanía y la paz en Ucrania.

Estados Unidos sabe, además, que si Rusia ataca Ucrania, después irá por otros países vecinos de la zona. Así se interpreta el traslado de miles de soldados rusos a Bielorrusia que se produjo en las semanas recientes.

Por ahora, la estrategia estadounidense y europea para contener los impulsos rusos para invadir Ucrania es el diálogo. Al ruedo previo a la guerra, en ese que precisamente se intenta frenar el lenguaje de la violencia y las armas, ha entrado a última hora China para dar el mensaje de que está del lado de Rusia, como no podía ser de otra forma. Su ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, dijo que las preocupaciones de seguridad de Rusia “deben tenerse en cuenta y recibir una solución”.

Nada está definido aún, la amenaza de la guerra persiste, y de producirse finalmente la invasión rusa a Ucrania, el mundo habrá presenciado un nuevo fracaso de la política y habrá constatado lo peligrosos que son los hombres que se atornillan en el poder de por vida.

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