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No fue por falta de aviso

Maggy Talavera 27/10/2019 03:00

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¿Hasta cuándo los bolivianos viviremos esperando llegar al borde del precipicio para darnos cuenta que estamos en peligro de caer al vacío, para solo entonces tomar medidas de emergencia y salvar el pellejo? Generalizo, aunque lo correcto es señalar directamente a los actores políticos, a las elites intelectuales, profesionales y empresariales, a los que les han sobrado advertencias sobre los peligros que implicaba hacer la vista gorda o hasta relativizar los abusos y excesos de poder cometidos por la cúpula del MAS, a la cabeza de Morales, a lo largo de sus casi 14 años de gobierno. Lo que estamos viviendo estos días, en los que la amenaza de caer al vacío es aún mayor, es apenas el resultado de la suma de cada una de esas advertencias desoídas. Definitivamente, no fue por falta de aviso.

No sorprende en absoluto el fraude electoral consumado en las últimas horas, con la clara complicidad de una cúpula del TSE que también dio muestras suficientes de ello. ¿O aún hay alguien que diga que creía que sería diferente? Lo que sorprende, aunque parezca un absurdo, es que hubiéramos tenido que llegar a este punto para que todas las fuerzas que se dicen democráticas decidieran finalmente hacer lo que debieron hacer antes de que se consumara el fraude: unirse para frenar el avance de los tanques de guerra movilizados por la cúpula masista, para consumar un golpe más a la endeble democracia boliviana. No hablo apenas de la apuesta por un frente opositor sólido (no único, ojo, porque esa salida tampoco era la ideal) para disputar las elecciones, sino más bien de la acción concertada entre diferentes fuerzas políticas y económicas antes de encarar este proceso electoral.

Nunca hubo una concertación en serio. Ya lo vimos en el primer año de gobierno del MAS con la Constituyente. Luego, con la abrupta ruptura de la llamada “media luna”, marcada por el imperdonable abandono del prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, y más tarde con el nefasto referéndum revocatorio. Todo lo que sucedió entre esos hechos y lo que se vio después en el frente opositor fue de una irresponsabilidad criminal: primó el interés sectario y una miopía política imposible de justificar hasta hoy. En el balance entran todos y no se salva nadie. Ni los Demócratas de Rubén Costas, ni los Sin Miedo de Del Granado que luego se transformaron en los Sol.bo de Revilla, ni los partidos menores o regionales como Santa Cruz Para Todos de Percy Fernández, ni figuras individuales como la de Carlos Mesa. Todos, cada uno a su vez, cedieron a la tentación de bajar la guardia frente al gran monstruo, unos de manera más descarada que otros.

¿Qué les impidió actuar con responsabilidad y coherencia en los últimos años, para evitar a tiempo un mal mayor como el que estamos padeciendo estos días? ¿Qué los frenó para no haber hecho lo que están haciendo hoy, unirse en función a un bien mayor al que cada uno de ellos aspira? Y no basta ahora tratar de interpelar solo a unos, salvando a otro que aparece como posible ganador, porque no es justo ni inteligente. Que quede claro: Mesa es tan responsable, o incluso más, de lo que está pasando estos días. Debe ser consciente de ello y saber que su votación creció en las últimas semanas por el llamado “voto útil”. Como también deben ser conscientes de su responsabilidad otros actores no partidarios, que pudieron haber marcado una diferencia importante, y no les dio la gana de hacerlo.

Hoy estamos en una coyuntura marcada por la tensión social y frente a la amenaza de un nuevo manotazo violento desde el poder central. Una vez más, es la sociedad civil la que ha tenido que movilizarse y salir a las calles para ponerle el freno que la clase política y el poder económico no le pusieron al abusivo régimen masista. Un freno activado también a deshora por la comunidad internacional, permisiva hasta hoy con los excesos de Morales, aunque como dicen por ahí, más vale tarde que nunca. Solo que la consigna hoy debería ser anular las elecciones, demandar un nuevo proceso y exigir nuevo árbitro electoral. A estas alturas, y vistas tantas irregularidades, ya no basta exigir segunda vuelta.