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No hay democracia con exiliados políticos

Guido Áñez Moscoso 8/2/2021 05:00

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Hace 12 años que dejé mi país, en silencio, pero la segunda vez en mi vida –presionado por una injusta persecución judicial-, que asumía la ruta del exilio. Metí mis 50 años de vida en una maleta y salí a enfrentarme a la incertidumbre, acompañado de mi mujer y mis 4 hijos, asumiendo la responsabilidad de seguir formándolos para que sean hombres de bien y puedan servir a la sociedad.

Soy parte de una generación que se formó profesionalmente con la ilusión de vivir siempre en su tierra, estudié en Bolivia, salí al exterior y egresé afuera, pero siempre con la mente puesta en mi tierra. Así éramos todos, con ganas de triunfar en nuestro pueblo, con un ímpetu que contagiaba y con amor desenfrenado por ayudar al desarrollo de Santa Cruz y Bolivia. Había mucho por hacer en una sociedad que, lejana del poder central, sabía que solo el esfuerzo y el cariño a la tierra nos sacarían adelante. Trabajamos para que nuestra generación construya la democracia más estable de la vida republicana, gestando importantes acuerdos políticos y una cultura de diálogo, fruto de ello emergieron una clase media y un sector empresarial dinámicos, y aún sobreviven a pesar de lo difícil que se ha vuelto progresar respetando la ley en Bolivia.

Salí porque no me quedaba otra opción, me incluyeron ilegal e irregularmente en un juicio de responsabilidades con las peores acusaciones que un ser humano puede recibir: genocidio, asesinato, torturas, vejámenes, y una serie de tipificaciones penales que nunca cometí en el ejercicio de la función pública, ya que ejercía el Ministerio de Agricultura, sin ninguna responsabilidad en las áreas de seguridad del Estado, ni relación directa con las FFAA y Policía Nacional. Me tocó ser parte de los primeros en inaugurar el ciclo de “criminalización” a los opositores, trataron de asesinar nuestra reputación, y fuimos señalados como políticos incómodos al régimen de Evo Morales. Salí junto con otros colegas de gabinete del MIR como Jorge Torres Obleas y Hugo Carvajal Donoso.

No es fácil vivir en el exilio, y no es por lo material o la calidad de vida, es el desarraigo, el destierro, la relegación, esa ruptura abrupta y dolorosa con la patria, con tu cultura, con la familia, el alejamiento obligado del suelo natal. Este castigo ha sido utilizado por todas las dictaduras en el mundo como un mecanismo de conservación del poder y construcción de un Estado totalitario, en el siglo XX fue el fascismo y el comunismo que lo utilizaron y ahora en el siglo XXI, son los regímenes de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia que tienen exiliados.

Gracias a la formación que recibí, me forjé en el trabajo, haciendo todo y de todo por eso es que cuando me quedé sin profesión porque el ser abogado, limita demasiado tus horizontes profesionales en el exterior, peor en un país anglosajón, tuve que reinventarme y sacar la creatividad a flote para formar a mis hijos y sacarlos profesionales, ya lo logré, ese es uno de mis mayores orgullos.

Muchos me preguntan. ¿Por qué no volviste en el gobierno de Jeanine Áñez? Sencillamente, porque no se animó a dictar una Amnistía General e Irrestricta como se hizo en las postrimerías de las dictaduras militares. Hasta ahora sigo indagando si fue falta de solidaridad, cálculo político o cobardía. Mi primer exilio en Paraguay en 1980, lo compartí con Juan Lechín Oquendo, líder de la COB; Carlos Valverde Barbery, luego de la ocupación del campo petrolero de Tita; y el general Olvis Arias, militar institucionalista. Todos, sin egoísmo y con una solidaridad absoluta luchamos por volver a la patria, porque es un derecho vivir en el suelo donde nacimos, no especulamos en la competencia política que uno u otro podía representar. Actuamos como los Mosqueteros: uno para todos, y todos para uno. Sin embargo ahora, a pesar de haber compartido las penurias del exilio con compatriotas que lograron volver en 2019, cada uno se dedicó a arreglar judicialmente lo suyo y se olvidaron de quienes seguimos afuera, actitud triste y decepcionante en lo humano. Pero seguiré fiel a mis principios, y ellos entenderán que en dictadura la salvación no es individual sino colectiva, a no ser que se negocie con la dictadura.

Volveré con la frente en alto, cuando un verdadero Estado de derecho, retire los cargos inventados y absurdos que me hicieron. Aguardo la esperanza que alguna universidad, facultad de Derecho o institución de defensa de los Derechos Humanos haga una auditoría jurídica del caso que nos involucra y se dará cuenta de las aberraciones de ese arbitrario proceso judicial.



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