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OPINIÓN

No nos equivoquemos el domingo

Juan del Granado 12/10/2020 07:51

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A 6 días de las urnas y a 38 años de la recuperación democrática, qué mejor momento para reafirmarla y homenajear a los héroes que cayeron y que hoy estarían acariciando la posibilidad de renovar las libertades.

El dilema del próximo domingo no es precisamente “dictadura o democracia”, sino renovación o regresión que, en mi criterio, es la contradicción principal que preside la vida del país desde el 21 de febrero, y que se ha acentuado mucho más en este año después del fraude, la sublevación y la fuga. Y hay que votar en consecuencia.

Ya el pasado el 20 de octubre estaba claro que era un retroceso trágico permitir la perpetuación del populismo, pero que tampoco debíamos retornar al viejo ciclo “liberal” agotado también por su incapacidad estatal y por su propio autoritarismo y corrupción. Por eso hoy la contradicción política tiene en su polo negativo la regresión, pero ese camino hacia atrás no sólo significa el MAS y su retorno, sino, y esto está encubierto, la reinstalación de las oligarquías conservadoras que convirtieron también en mercancías la representación, la política, el voto y el patrimonio público.

Este domingo estará mimetizada esa vieja casta en medio de los riesgos más urgentes y, sin duda, el peligro inmediato mayor es la regresión al populismo autoritario, a la malversación no sólo del enorme excedente que produjeron el gas y nuestras materias primas, sino de la inmensa esperanza que alentó la mayoría del país, luego de los 20 años de pactos prebéndales.

Sí, hoy hay que derrotar al MAS para que no regresen la estafa autoritaria y corrupta, la persecución judicial, la manipulación indígena, la prebendalización sindical, la intolerancia y el achicamiento de las libertades, pero sin olvidar que el enemigo íntimo del MAS es esa oligarquía “liberal” qué, como respuesta, engendró al populismo, que convivió con él, acrecentando sus negocios, qué antes alentó las dictaduras militares, que vive entre los incendiarios del agronegocio y que se expresa en delincuentes más antiguos , también fugados, que están planteando el retorno a la Constitución Política de 1967, para arrasar con lo avanzado.

Por eso en el otro polo, frente a la regresión, está la renovación. Los ciclos estatales agotados, más adelante tendrán un reemplazo estructural sólo si hoy, terminada la enredada transición electoral, iniciamos un gobierno de renovación, para a partir de allí, poner los pilares para otro momento estatal de diferente y creativa relación entre la sociedad, la gente, el estado, el gobierno, la naturaleza, el medio ambiente, la producción y la economía.

Y frente al desafío de renovación vs regresión no debemos equivocarnos el domingo.

Sí, debemos votar por quienes al menos puedan iniciar la renovación de la institucionalidad con independencia de poderes y transformación de la justicia; que con su ejemplo personal puedan restituir la ética en la función pública terminando el raterío de casi todos los gobernantes anteriores; que construyan una nueva gobernabilidad parlamentaria, social y territorial sin cuoteos prebendales; que inicien la compleja tarea de ir dejando el extractivismo, el biocidio y el envenenamiento de la vida impulsando la diversificación productiva; que renueven la inclusión indígena, o mejor la universalización boliviana con lo indígena para retomar verdaderamente nuestras raíces originarias; que descentralicen el país con un sólido pacto fiscal para la construcción autonómica contra los regionalismos y los abandonos territoriales.

Esa es, esquemáticamente, la difícil tarea de la renovación, imprescindible para evitar la regresión y dejar de chapalear en los charcos “liberales” o populistas que han embarrado la energía casi inagotable del país en la mayor parte de estos 38 años de vida democrática.

Sí, hay que votar por la renovación; ojalá lo hagamos la mayoría suficiente para impedir la regresión, la visible y la encubierta, y para que luego los gobernantes elegidos asuman esa responsabilidad histórica, porque nuestro voto no será un cheque en blanco y nuestra palabra no estará embargada. Los nuevos gobernantes que alentemos el domingo tendrán que romper las burbujas y los círculos cerrados, las distancias señoriales con lo popular, el amiguismo en las decisiones y en los cargos importantes; en fin, ellos deberán dejar de lado una manera pobre y sin vocación de hacer política, razón por la que hoy apenas estamos arañando la segunda vuelta cuando hubiésemos querido ser militantes de una causa democrática mayoritaria y vigorosa.