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23 de diciembre de 2018, 4:00 AM
23 de diciembre de 2018, 4:00 AM

A los que dicen que los cinco jóvenes que violaron a su amiga de 18 años en un motel son monstruos habría que recordarles que las mujeres siempre hemos vivido en un mundo en el que los manoseos, el acoso, los piropos callejeros y la posibilidad de una violación son parte del paisaje diario sin importar cómo nos vistamos, dónde trabajemos o cómo nos divirtamos. Decirles ‘monstruos’ a los violadores es una forma de naturalizar los abusos cotidianos contra las mujeres y de mostrar los casos más violentos como excepciones, en vez de presentarlos como el producto de una sociedad que normaliza las agresiones hacia las mujeres.

Tomar alcohol o drogas no hacen a un violador. Lo que vista una mujer, lo que consuma o la hora a la que regresa a casa tampoco hacen a un violador. Pero sí hace a un violador crecer escuchando mensajes denigrantes hacia las mujeres. Sí hace a un violador crecer observando actitudes machistas en el entorno, y con entorno no me refiero solo a la familia, sino a toda la sociedad. Es parte de la cultura de la violación que la gente vote y apoye al alcalde Percy Fernández, un reconocido acosador de mujeres cuyas agresiones sexuales públicas son festejadas y aplaudidas. Es parte de la cultura machista que un golpeador de mujeres como el diputado Henrry Cabrera, presidente de la Brigada Parlamentaria, continúe en sus funciones respaldado por los miembros de su partido.

Hace dos semanas fui a un espectáculo de Chaplin Show en Santa Cruz y me llamó la atención la cantidad de chistes que naturalizaban el acoso sexual. En un sketch, un mendigo entraba a un cine y se dedicaba a sentar en su falda a las mujeres que pasaban cerca de él; una mujer gritaba asustada pero su compañera –que era gorda, y por tanto debemos asumir que poco atractiva y ‘necesitada’ de la atención masculina– estaba feliz de que la tocara por la fuerza un tipo al que nunca había visto. En otro sketch, un hombre veía a una mujer trotando sola y empezaba a perseguirla en su bicicleta. En el número final, unas ancianas fantaseaban con que las violaran e incluso con que las ahorcaran con una cuerda. El año pasado muchos protestamos por la publicidad de una pizzería que, en términos supuestamente cómicos, mostraba la imagen de un hombre sosteniendo un cuchillo al lado de mensajes como “Te voy a dar”, “Vení a soplarme la vela”, “Te ponemos en cuatro, te damos de a dos”. Estas ideas casuales no reflejan el deseo femenino, sino la fantasía machista, una fantasía en la que la mujer es un objeto sin agencia que está para ser poseída y violada. Y estas ideas, en apariencia inofensivas, son las que van preparando el terreno para hechos violentos como los de esta semana.

Es imposible pensar en el caso de la joven violada por sus cinco amigos sin relacionarlo con el transfeminicidio –un día antes– de la mujer trans Litzy Hurtado, acuchillada con un destornillador en una discoteca en El Alto; los tres detenidos por este asesinato fueron recientemente puestos en libertad por un sistema judicial que ignora a las víctimas de la violencia machista. Este crimen no surge del vacío, sino que es el resultado de discursos que promueven el odio hacia la población LGBT y la restricción de la autonomía de las mujeres como las plataformas Por la vida y la familia y #ConMisHijosNoTeMetas. Estas plataformas están en contra de los derechos de la comunidad LGBT y de la educación sexual en un momento en el que resulta vital discutir cuestiones como el consentimiento y el respeto a las mujeres y a la diversidad sexual.

La respuesta clamorosa y visceral a los hechos de violencia machista de estos días demuestra que las mujeres estamos hartas de ser acosadas, maltratadas y violadas. Estamos hartas de que se nos eche la culpa de nuestro abuso y de que se justifique a los violadores, como se ha visto en muchos de los comentarios en las redes sociales. Porque la agresión sexual es también un acto de disciplinamiento que pretende “ponernos en nuestro lugar”, castigar a la mujer que sale sin una pareja, que bebe, que baila o que se divierte; es un mensaje de reafirmación del poder patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres. Ante el ataque de la manada, tomemos las calles y las redes y no callemos más. Esta vez la manada somos nosotras.

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