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2 de septiembre de 2017, 4:00 AM
2 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Hace 4 años, en un asalto brutal e inesperado, tractores devastaron el corazón de un bosque urbano, tumbando más de 200 árboles enormes, llenos de vida. El predio era un remanente valioso, identificado en los planes de la ciudad con restricciones que justamente protegían esos árboles. No se conocieron mayores consecuencias ante el grave atentado.

Dos carnavales atrás, de manera ya no inesperada sino explícitamente anunciada, las máquinas terminaron su infame tarea. Cayeron otros 300 árboles e incontables animales, ante la impotencia de activistas resistidos por ‘vecinos’ apertrechados en el lugar. La autoridad ambiental, inexplicablemente, jamás detuvo la larga agonía, que dejó tres hectáreas de un vacío abismal. Tampoco se conocieron consecuencias serias esta vez: el alcalde “lloró al enterarse”, se cobró una multa que no se sabe para qué sirvió, se creó una ley que aún no se reglamenta. Nunca apareció un empresario a dar explicaciones a la ciudad, nadie con el poder de hacerlo se lo exigió. Y aún no se ha reforestado el lugar (convengamos que no es serio pretender que esos plantines en la franja de amortiguación del cordón ecológico, a kilómetros del predio, y trasladados hace poco para dar lugar al nuevo ‘sexto anillo junto al cuarto’, sean la reforestación demandada).

La ciudad necesita una verdadera reparación del daño, que no es solo ambiental. El predio –y no otro lugar– debe reforestarse, buscando recrear lo destruido (un microbosque biodiverso), exceptuando solo el área edificable. Debemos ser capaces de garantizar que nuestros nietos puedan sentir lo que tanto duele hoy no sentir al pasar por el lugar. Si en lugar de eso se impusiese algún enorme proyecto encementando el sitio, la bofetada sería ya insoportable.

Antes que llueva: nos desafío, cruceños, a exigir que no se nos engañe, que se repare el daño ambiental y ético que se ha infligido, que se aproveche la oportunidad para dejar en claro que para nosotros no todo está en venta. (Me ofrezco a ir a plantar un árbol cada día). 

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