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28 de agosto de 2017, 4:30 AM
28 de agosto de 2017, 4:30 AM

Desde hace algunos años publico breves historias en el Facebook, todas son de carácter autobiográfico y he tenido la suerte (que es otro de los nombres de Dios) de ganar la preferencia de muchos lectores y de que provoquen reflexiones, comentarios, discusiones y recuerdos entre mis lectores. La de la anterior semana tenía que ver con la prodigiosa sabiduría de nuestras madres para enfrentar los golpes de Estado. 

Contaba que llegué a la ciudad de La Paz en  1964 y, por lo tanto, soy de la generación que creció sufriendo la seguidilla funesta de los golpes de estado en la capital paceña, la ciudad de Bolivia que más sangre ha derramado por la libertad y la democracia. En agosto de 1971, cuando Hugo Banzer tomó violentamente el poder, yo tenía 14 años y ya había experimentado varios golpes o “revoluciones”, término mal empleado para las asonadas militares. 

Recuerdo que algún extraño sortilegio, propio de la naturaleza materna, hacía que nuestras madres sepan del golpe, días antes de que suceda y con sus ahorros iban al mercado a comprar lo que podían: papas, legumbres, cebollas, arroz, frejoles, marraquetas, sardinas en lata y aceite, lo necesario para comer durante varios días; luego nos daban dinero para comprar velas, kerosene para el anafe y alcohol de quemar para encenderlo; el día antes de que estalle el golpe teníamos que llenar todos los recipientes disponibles con agua, baldes, bañadores, ollas grandes, bacines, la tina, en fin…El momento que en la radio Illimani o en la Batallón Colorados se escuchaba algún bolero de caballería, ya sabíamos que el golpe estaba en marcha y nuestras sabias madres nos pedían que sacáramos los colchones (que en esa época estaba hechos de lana de oveja), para colocarlos frente a las ventanas y de esa manera evitar que las balas ingresen a nuestras viviendas. Mientras el golpe se desarrollaba con toda su crueldad, nuestros padres intentaban distraernos jugando loba o cualquier juego de mesa ¿Se acuerdan?
Pues bien, esta anécdota desató una ola de comentarios de diversas generaciones, los que vivieron  esas épocas aciagas recordaron a sus heroicas madres saliendo a conseguir alimentos entre las balas; otros rememoraron y rindieron homenajes a sus muertos; algunos contaron de la resistencia; los más jóvenes agradecieron por la breve historia y por la avalancha de comentarios porque les informaba que la democracia, que ahora vivimos, costó muchos sacrificio, exilio, muertos y desaparecidos.   
 

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