Opinión

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Nuestro padrino

El Deber 5/8/2019 03:00

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La gran fiesta, muy parecida a la coronación de un emperador, estaba lista. La orquesta no tocaba ni valses ni tarantelas, pero trataba de estar a la altura de las circunstancias.

Los financiadores, llegados desde el trópico, habían previsto todos los detalles, con grupos musicales muy costosos para los simples mortales, con equipos de música capaces de escucharse a cientos de kilómetros, con un público que llegaría de muy buena gana a la coronación…

Grupos extranjeros tuvieron que abstenerse de hacer aportaciones, de aquellas que son muy visibles. Pero tenían emisarios muy bien distribuidos en la organización de todo el espectáculo. Ellos hubieran querido cubrir todos los gastos, multiplicados por cien.

Enormes pantallas, dignas de JLo, estaban listas, a precios que los muertos de hambre no pueden ni imaginar. El público era más apto para artistas como Charly García, ícono de sus preferencias. Maradona hubiera sido ideal, pero estaba en medio de un tratamiento para sus muy escasas neuronas.

Los detalles de la celebración estaban a cargo de empresas especializadas. Llegaban incluso de territorios musulmanes. Muy bien organizados.

Primero, la seguridad. Nada le podía pasar al padrino. Grupos de vigilancia llegados de otros países exigían la participación de escuadrones de absoluta confianza. Y probados. No era el momento de cometer errores.

El padrino llegaría en helicóptero, igual que otros invitados especiales. Sería la demostración de que su familia se había impuesto sobre todas las demás.

La familia quiere mantenerse en la cima del poder mientras esté con vida.

Los Tattaglia habían sido derrotados en una lucha descarnada. Sus líderes perseguidos o presos. Sus locales tomados por la fuerza. Sus productos confiscados. Había que hacer tronar el escarmiento. Y eso se hizo. Uno de los caudillos rivales iba a estar treinta años en la cárcel gracias a una maquinación de un excelente negociador con la justicia, que les hizo a los jueces una oferta que no podían rechazar.

Todo estaba bien organizado, pero algo fallaba. Ningún emperador tiene que ser sometido al voto de la plebe. Se supone que su imperio no tiene lugar para los críticos ni para los escépticos.

Son detalles que ahora están en manos de la organización. Ella dice que todo está bien calculado. Que nadie sacará los pies del plato. Que la consulta a la plebe ha sido muy bien diseñada. El emperador no espera otra cosa.