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Nuevo momento político en Bolivia

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La prolongación de los procesos electorales en Bolivia como efecto de las irregularidades del Tribunal Supremo Electoral en 2019 y la covid-19 en 2020, ha provocado cansancio en los votantes, desesperación en los ciudadanos y malestar en los consumidores. En otras palabras, una larga coyuntura política-electoral que activó la polarización social con diferentes matices y acentuó el encono social y la fatiga pandémica.

Gracias a que el tiempo nunca se detiene han sucedido los comicios subnacionales en 2021 y se completó el proceso de elección de nuevas autoridades, se empieza a constituir una nueva correlación de fuerzas en el orden de la distribución vertical del poder, y se prepara una nueva gestión pública.

Con los nuevos resultados electorales: ¿sigue siendo el MAS un partido político predominante con los resultados de los comicios subnacionales 2021?, ¿emerge con nuevo potencial político-ideológico el heterogéneo campo sociopolítico opositor anti-MAS después de las elecciones de marzo-abril de 2021?

Primera conjetura: el MAS sigue como partido político predominante –no hegemónico- en Bolivia gracias 55% del voto popular a nivel nacional, pero el olfato político de Evo ha perdido perspicacia y el dedazo autoritario de Morales Ayma ha sido moralmente derrotado en espacios territoriales política y socialmente estratégicos.

Segunda conjetura. Los actores políticos que ascendieron a los gobiernos departamentales y municipales sin la camiseta azul, tienen marcadas diferencias ideológicas, prioridades de gestión (pandemia y merma de recursos económicos) y agenda propia, en algunos casos con un poder legislativo mayoritariamente opositor, lo que afectará su gobernabilidad.

Tercera conjetura. Si el espíritu parroquial predomina en las nuevas autoridades autónomas opositoras al MAS, entonces es posible que el quinquenio 2021-2025 sea marcado por una polarización discursiva que tendrá como connotaciones la defensa de juicios morales, razones políticas y pasiones regionales.

Cuarta conjetura. Si el Gobierno nacional no cambia su estrategia discursiva confrontacional, la gestión contra la pandemia no es técnicamente consensuada con las nuevas autoridades territoriales, y, ante la falta del anhelado pacto fiscal los gobiernos autónomos siguen sufriendo una desigual distribución de recursos, habrá motivos necesarios para que los gobernadores y alcaldes -derecha e izquierda- tengan una causa común para articularse en defensa de una gestión eficiente, no necesariamente para desestabilizar políticamente a Arce y dividir el mundo entre buenos y malos.

Más allá de las acostumbradas, previsibles y aburridas categorizaciones que dicen poco, pero que, de forma atractiva para los incautos, dividen el campo político boliviano entre ricos y pobres, indios y blancos, oligarcas y pueblo con el afán de simplificar convenientemente la compleja realidad sociopolítica boliviana, es necesario seguir en el intento de comprender el nuevo momento político atravesado por los efectos perversos de la pandemia: deterioro de la salud mental, crisis económica, enfermos en hospitales y muerte de seres queridos.

Con todo, el nuevo momento político en Bolivia revela una enseñanza: el dedazo está perdiendo autoridad moral porque es distante con el signo de los tiempos que demanda otra forma de hacer política.



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