Escucha esta nota aquí

Este domingo 12 de Julio Bolivia cumple ocho meses de una inesperadamente larga transición que a la vez marca los ocho meses del gobierno de Jeanine Áñez, la hasta hace también ocho meses senadora por el Beni, que por simple trámite ocupaba un puesto de reparto en la directiva Senado.

Las curiosidades de la historia hicieron que aquella segunda vicepresidenta de una Cámara en la que ni ella ni su partido tenían nada que hacer frente a la abrumadora mayoría del Movimiento al Socialismo se convirtiera en Presidenta de Bolivia ante las sucesivas renuncias del entonces Presidente Evo Morales, el Vicepresidente Álvaro García Linera, la presidenta de la Cámara de Senadores, el de Diputados y el primer vicepresidente del Senado. 

Dos días antes, el 10 de noviembre, cuando Morales aún no había renunciado, Áñez ni en su más feliz sueño -ni en su peor pesadilla, habría que agregar dada la llegada del Coronavirus- soñó con ocupar la codiciada silla del poder por la que muchos políticos darían hasta lo que no tienen. 

Ocho meses que se recordarán como un tiempo de muchas turbulencias, de todo tipo, pero con una gran virtud que el país echó de menos durante muchos años: en democracia. El país respira democracia después de 14 años de un régimen que usó la democracia como un disfraz, pero que en los hechos ostentaba los excesos del poder, el caudillismo, los abusos y el egocentrismo que hicieron parecer sus gestiones más al autoritarismo que a otra cosa.

Ocho meses en que la principal virtud de la nueva mandataria es el coraje de aquellos primeros días, en que pese al nerviosismo de las primeras horas supo tomar con decisión las riendas de un Estado que como un descontrolado caballo sin rienda no sabía para dónde ir.

En medio de la confusión de aquellas horas, Jeanine Áñez le dio certidumbre al país que vivió 48 horas de un peligroso vacío de poder porque no había Presidente ni Gobierno, conformó un gabinete, calmó las aguas, pacificó el país y comenzó a gobernar con la única misión encomendada de llevar al país lo más pronto posible a unas elecciones limpias y democráticas, y no fraudulentas como las que orquestó el Gobierno de Evo Morales el 20 de octubre con la complicidad de un tribunal electoral que será recordado como el peor de la historia democrática boliviana.

Hasta ahí, muy bien Jeanine Áñez. Impecable, ejemplar, tanto que quizá ella misma olvidó muy pronto para qué había llegado hasta allí y cometió su peor error en esta corta gestión: postularse como candidata a una elección que ella debía conducir como un árbitro imparcial y respetado. 

Probablemente allí Áñez perdió la credibilidad y una parte del respeto que comenzaba a ganarse del país; enseguida se le vino el Coronavirus; con él, la urgencia de hacer adquisiciones de emergencia, y entonces apareció el triste caso de los respiradores con sobreprecio, con un fuerte aliento a corrupción.

Entonces comenzó otra historia, esta vez no heroica como la de noviembre, sino de nuevos desencantos, con el agravante de que vivimos tiempos de tragedia, impotencia y luto.
Para ningún gobierno es fácil administrar una lucha contra un enemigo invisible y hasta ahora invencible como el coronavirus. Es muy difícil que un gobernante del mundo salga bien parado después de la pandemia y probablemente Áñez no será la excepción.

En estas horas, en que Bolivia necesita un gobierno entregado en cuerpo y alma a la lucha contra la pandemia, quizá la Presidenta debiera considerar -dado que ella misma dio positivo al virus- que el país necesita un gobierno 100 por ciento dedicado a evitar más contagios y muertes, a atender con prioridad las necesidades de los centros médicos que atienden a los enfermos de esta pandemia, un gobierno que pase a la historia por su vocación de servicio en estos tiempos difíciles, un gobierno que no esté distraído en cálculos político electorales.