Opinión

Ojos bien cerrados

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16 de octubre de 2017, 6:31 AM
16 de octubre de 2017, 6:31 AM
Desde ese punto solitario y oscuro ellos cantan como si cantar fuera un acto celestial y resucitador. Se han tomado las cosas en serio. Están concentrados como si estuvieran en un escenario donde solo tienen lugar las estrellas. Con los ojos cerrados abren sus bocas para encarnar a Luciano Pereira, a Marco Antonio Solís, a los hermanos Pimpinela... Y cuando abren sus ojos el mundo sigue en tinieblas y escucharán caer algunas monedas como gotas tímidas de lluvia en una noche caliente y larga. Ella tiene un vaso en la mano y del cuello de él cuelga un parlante de donde salen las pistas musicales.


Ella recibe las propinas y él es la primera voz de un dúo que ahora está en las afueras de un supermercado ganándose la vida, cantando como ángeles, dándole el color a la vida que ellos no ven, que ellos no pueden ver. 


Ella se llama Janet Peredo y él Pedro Pacheco. Ambos comparten su amor y la condición de ser ciegos. Se conocieron en Potosí, en un festival de música para personas con capacidades diferentes. Guiados por el talento de sus voces, por la música de sus palabras, por la calidez de la compañía cuando hablaban fuera del escenario, emprendieron la alucinante tarea de convertirse en amigos, en compañeros de vida, y meses después, él vino por ella a Santa Cruz, vino en busca de trabajo y también lo hizo por amor.


Ahora caminan en pareja. Pedro casi siempre adelante, porque Pedro es el que aún ve algunas astillas de luz. Eso le sirve para ser el lazarillo de ella, el lazarillo de él mismo. Con su bastón tantea aquí, tantea allá. Janet se agarra de sus hombros para no naufragar en el océano salvaje de la ciudad. Así se suben y se bajan de los micros. Se guían también por el sentido del oído: saben identificar el punto en el que deben bajarse, en qué semáforo tienen que decir parada.

Janet y Pedro me recordaron a otras personas extraordinarias que conocí durante otras faenas de reporteo: Eliseo Quispe me guio a paso de liebre por el laberinto de los mercados y Silvia Molina me llevó hasta el rincón donde canta con su voz de golondrina; José Álex Severiche me mostró, emocionado, su parlante alargado que utiliza para dar la cátedra de Radio en una universidad privada y Maritza Morón caminó orgullosa por su farmacia que ofrece algo más que remedios: una atención cálida y los nombres de los medicamentos con una etiqueta en braille.
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