Opinión

Ojos tristes

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20 de marzo de 2017, 4:00 AM
20 de marzo de 2017, 4:00 AM

Hacía mucho tiempo que no veía unos ojos así. La última vez fue en un hospital de Riberalta, donde en una cama estaba sentada una madre que acababa de sobrevivir a un accidente aéreo, pero que vio morir a su hija que iba en el asiento contiguo. Era una mirada seca y metida en las profundidades de aquella habitación que olía a combustible de avión, a fierros retorcidos, a una tristeza voraz.

Y fue el pasado miércoles que los volví a ver. Olga y Wálter me saludaron con modales ejemplares en una casita de madera de la lejana Filadelfia, en Pando. Pero cuando les dije que era periodista y que había llegado para escribir sobre las muertes de Porvenir ocurridas el 11 de septiembre de 2008, me miraron como me miró aquella mujer que estaba sentada en la cama de un hospital de Riberalta. Pusieron una cara de hielo y sus ojos se convirtieron en un glaciar silencioso. “A Wilson lo mataron. Sus hermanos fueron a cavar el pozo, lo enterramos, y listo. Nadie dijo ‘esta mujer está enferma, vamos a verla, hay que ayudarla’”, dice Olga, que habla con las manos, que camina de un lado a otro como si fuera presa de los recuerdos de aquella mañana cuando mataron a Wilson, a su niño bonito de 20 años y que era el penúltimo de sus cinco hijos. A Wálter le cuesta decir un nombre: “Wilson se llamaba mi hijo”. Lo dice tan rápido y con una voz bajita que cuesta oírlo. Y después que lo dice se levanta de la silla, camina también como si estuviera en una casa cerrada de la que quiere salir y no encuentra la llave. El dolor está en sus manos, que cortan el aire, en su voz quebrada llena de recuerdos atorados que no puede expulsar, quizá por miedo a que se conviertan en fantasmas de un tiempo al que no quiere volver, quizá porque ha perdido la esperanza de que escuchen su llanto, que quedó atrapado en los bosques de la Amazonia. 

Hacía tiempo que no veía unos ojos así. Pero de vez en cuando aparecen y uno no puede evitar meterse en ellos y entonces, después, es necesario escribir una columna como esta para dejarlos ir. Benedetti lo dijo: “Un hombre alegre es uno más en el coro de hombres alegres. Un hombre triste no se parece a ningún otro hombre triste” 

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