23 de marzo de 2022, 4:00 AM
23 de marzo de 2022, 4:00 AM


Atrás quedaron aquellos 23 de marzo patrióticos, de fervor cívico ciudadano, de esperanza de retornar algún día a gravitar como país en las costas del Océano Pacífico; lejos están aquellas celebraciones estudiantiles donde los jóvenes eran educados creyendo ciegamente que Bolivia volvería al mar. El Himno de la Fuerza Naval ya no suena como antes, porque a Bolivia le han quitado completamente su ilusión más que centenaria de tener esa ventana al mundo con puertos propios, de recuperar aquella cualidad marítima con la que nació como República.

Todo se derrumbó aquel 1 de octubre de 2018 cuando ante una demanda de Bolivia contra Chile, la Corte Internacional de La Haya dijo que Chile no tiene obligación de negociar con Bolivia una salida soberana al mar.

En esa estrepitosa derrota boliviana, la historia registra dos nombres: Evo Morales, entonces presidente del Estado que impulsó un juicio absurdo, motivado más por razones políticas internas que por un correcto análisis jurídico, y Eduardo Rodríguez Veltzé, agente ante La Haya nombrado por el Gobierno como cabeza del equipo boliviano que lo único que consiguió con el fallo es que se cierren definitivamente las puertas para una posible salida al mar para Bolivia.

Hasta antes de esa iniciativa del Gobierno de Morales había intentos diplomáticos por encontrar una solución a la demanda boliviana en el marco de una agenda amplia de más de 10 puntos. Más de una vez se habló incluso de la posibilidad de que Chile abriera a Bolivia un puerto de uso libre, aunque sin soberanía, pero todo en el marco de un entendimiento cordial entre ambas naciones. Con el juicio planteado por Bolivia contra Chile, se acabaron las buenas intenciones y la disposición chilena a explorar nuevas opciones.

Ni siquiera la llegada a La Moneda de un gobierno de izquierda con Gabriel Boric cambiará en nada la incómoda posición en que Bolivia quedó después de La Haya. Así lo dio a entender el flamante mandatario chileno en referencia a las expectativas de Luis Arce durante un encuentro en Santiago hace poco más de una semana.

“Chile no negocia su soberanía, como me imagino no hace ningún país. Entiendo que el presidente Arce tenga que decir ciertas cosas, pero a lo que yo le he invitado, y creo que hay buena disposición de parte de ambos, es a no poner la carreta delante de los bueyes”. Más contundente, imposible.

Si algo tienen entre manos ahora ambos países es un nuevo proceso internacional en la Corte de La Haya, donde en abril disputarán si el Silala es un río internacional, como reclama Chile, o se reconoce la soberanía de Bolivia sobre esas aguas y por tanto tenga derecho a compensaciones por el usufructo de ese recurso.

Por ahora a Bolivia solo le queda volver a comenzar todo desde cero, construyendo puentes de entendimiento con Chile, lejos de las provocaciones y las declaraciones patrioteras, confrontadoras y poco inteligentes. Tomará mucho tiempo volver a crear algunas bases para estudiar alternativas históricas, pero para ello se requiere de una diplomacia de largo plazo, que podría comenzar por restablecer las relaciones diplomáticas plenas en nivel de embajadores.

Durante muchos años se utilizó el recurso de no intercambiar embajadores como una forma de presionar a Chile y llamar la atención sobre un problema no resuelto. Pero después de la derrota boliviana de 2018 en La Haya no tiene ningún sentido persistir en esa negativa.

Tags