Opinión

Otro ministro para la colección

17/6/2020 03:00

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Álvaro Puente

Nos cuentan que en cuarentena nos estamos comiendo el activo de las empresas, que estamos agotando las empresas mismas. La inacción, el tiempo, las obligaciones sin ingresos, las consume, las agota, las debilita. Es pésima noticia, porque nos dicen que el país está perdiendo la poca capacidad productiva que tenía. Están agotándose los pocos medios que teníamos para producir.

¿Y qué? Pues que tendremos menos ingresos. Tendremos menos movimiento económico. Tendremos menos posibilidades de atender las necesidades de nuestra gente, menos servicios, menos bienestar. Tendremos menos vida. Todo se traducirá en amargura, porque tendremos menos puestos de trabajo.

En los años de los mejores precios históricos de los hidrocarburos, hemos desperdiciado miles de millones de dólares de la venta de nuestro gas. Se dilapidó en tonterías, en fábricas que no fabrican nada, en palacios que no se habitan, en museos que nadie visita, en viajes que no llevaron al país a ninguna parte. No sólo tiramos a la basura los ingresos ganados. Además, nos prestamos otro tanto, para nada. Cuando después por fin recuperamos el país, cuando dijimos basta al despilfarro y a la estupidez, viene una epidemia que nos paraliza y hace que se pierda lo poco que había quedado con vida, nuestra naciente producción.

Y las desgracias no vienen solas ¿Ha escuchado usted las órdenes y amenazas del ministro de trabajo? Después de que el gobierno cerró empresas, talleres, pequeños comercios, cuando la cuarentena dejó la economía en terapia intensiva, cuando no hay con qué pagar deudas, ni alquileres, cuando todos quisieran inventar la milagrosa manera de revivir lo que teníamos, aparece el ministro de trabajo armado y persigue a los sobrevivientes para darles el tiro de gracia. Da fechas, plazos y amenazas para que todo el mundo pague los salarios de los cuatro meses de cuarentena.
Él debiera ser el articulador del milagro económico. Él debiera hacer que se encuentren los caminos de empleados y empleadores para pensar juntos la manera de cubrir entre todos los cuatro largos meses de encierro que decidió su gobierno. Él debiera sembrar las ideas de las que germinen las soluciones que no encontramos. Él debiera apuntalar el deseo de todos de salir adelante. Pero no. El ministro con vocación de capataz cree que gritando órdenes hará posible el milagro de la multiplicación de los panes y los dólares. Pero no. Va a lograr todo lo contrario. Va a matar lo poco que queda con vida.

Que alguien le cuente a este señor que en todo el mundo las planillas se pagan con lo que genera el trabajo de cada día. Que le digan que aquello del “abra cadabra” es de los cuentos para niños. Que le expliquen que las empresas que languidecen no son fábricas de cocaína, que guardan los millones en turriles.

No es culpa solamente del ministro. Todo el gobierno debiera tener conciencia de que, ante la amenaza del coronavirus, ellos optaron por la solución suicida de escondernos del peligro, de paralizar la vida, de matar la economía. Por eso, ellos debieran decirle al ministro caído del cielo que el país no tiene que buscar ni culpables ni chivos expiatorios. El país, con ellos por delante, tiene que gestar soluciones posibles y vías para llegar a ellas. No pueden seguir matando nuestras pocas y empobrecidas empresas. No pueden destruir lo poco que queda de capacidad productiva.