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Bolivia es un país sin suerte, dirían algunos. Otros señalarían que la realidad nacional es responsabilidad de sus ciudadanos que no saben elegir en las urnas a los conductores de su destino. Lo cierto es que la clase política actual no está a la altura del respeto y consideración que el país necesita, cuando atraviesa una pandemia que mata al menos a una persona por día. En el momento menos oportuno, los candidatos están haciendo política.

Hay un punto de partida, sin duda. Fue la aprobación de la ley que fija tres meses para la realización de las elecciones. Esa acción, tildada de irresponsable por los especialistas en salud y en leyes, tiene padres y están en el Movimiento Al Socialismo. Sus asambleístas y operadores (dentro y fuera del país) tendrán que rendir cuentas en algún momento. No obstante, los otros candidatos han comenzado a mover el caldero donde se cocina la tendencia del electorado. Critican al MAS, pero no dudan en batir la mezcla, según sus cálculos, para salir favorecidos y perjudicar al contrincante. Lamentablemente, en esta acción no se salva nadie, ni la presidenta candidata.

Se sabe que los partidos han seguido haciendo mediciones de opinión pública y que estas se han movido en relación a lo que ya era públicamente conocido. Quizás por eso fue evidente la desesperación de quienes creen que están perdiendo espacio y desean precipitar la campaña para entrar en el terreno de la confrontación.

El MAS no responde por el despilfarro y el maltrato a la salud de su gobierno, pero cuestiona cuanta acción actual se realice contra la propagación de la pandemia; sin duda, intensificará sus acciones y probablemente también siga instigando para que hayan movilizaciones de sus bases. Comunidad Ciudadana va en zigzag: cuestiona hasta que critican a su candidato y entonces baja el tono, después vuelve a levantar la voz sobre las políticas actuales. La presidenta ha empezado a mostrar más el rostro de candidata desde que se promulgó la ley. A tiempo de rechazarla, en un mensaje abierto al país, terminó diciendo que ella es capaz de ganarle a cualquiera en las urnas. Al día siguiente lanzó un plan de generación de 600.000 empleos que sonó a promesa de campaña antes que a estrategia respaldada para que se haga realidad.

¿Por qué es malo electoralizar la pandemia? Porque los candidatos, que no saben generar noticia sobre sus propuestas para el país, harán todo lo posible por atacarse entre ellos, lo que pasa por criticar todo lo que se está haciendo contra el coronavirus. En esa misma dinámica, queda la duda acerca de si las estrategias contra el Covid-19 tendrán el cálculo electoral que pueda capitalizar la presidenta. Es un golpe mortal a la ciudadanía, que ya está suficientemente abatida por el miedo al contagio, la incertidumbre laboral y económica, así como el aislamiento social que le genera estrés. Ahora además tendrá que lidiar con la guerra sucia hasta en la sopa. ¡Qué mala suerte tienen los bolivianos!

La ambición por el poder hace que la clase política se aleje de la realidad del pueblo. Entrar en una despiadada guerra electoral es una falta de respeto y consideración con los médicos y enfermeras que luchan en primera línea; es una burla hacia los más desvalidos del país. Habrá tantos ataques que la gente terminará muy confundida y alterada. Eso, por supuesto, no debería ser obra de quien ama a su país y a su gente. Entonces, por lógica habrá que entender que quienes están en carrera aman más las mieles del poder que el servicio a los bolivianos.

Puede ser utópico e ingenuo, pero debería haber un compromiso honorable entre los candidatos, para evitar semejante irresponsabilidad en un momento tan sensible para el país.