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Uno se pregunta qué puede pasar por la cabeza de un hombre, un líder político, un expresidente que tiene la ambición de volver a gobernar el país, cuando en un acto público llama pandilleros a quienes habitan en el oriente del país. ¿Qué estrategia puede existir detrás de esas palabras de odio a una región del país a la que él y su partido llegan con elogios en tiempos de campaña por el interés de los votos?

“Grupos deben ser todos unidos. Si no apoyamos van a ser pandilleros. Seamos responsables, aquí no tenemos... En (el) oriente boliviano son pandilleros, tienen control territorial en todo el mundo”, expresó Morales en un acto político con jóvenes del Movimiento al Socialismo (MAS) en Oruro el fin de semana.

Si un hombre que tiene más de 40 años de experiencia política, el aprendizaje de ejercer casi 14 años la Presidencia del país, con múltiples encuentros con líderes y presidentes de muchas naciones del mundo, es capaz de pronunciar esas palabras de agravio contra tres de los nueve departamentos del país, es que entonces tiene serios problemas ya no solo de ubicación y desprecio, sino de inestabilidad mental y emocional.

Seguramente saldrá en las próximas horas a denunciar que “los medios de la derecha” han tergiversado sus palabras, y dirá que le hicieron decir lo que no dijo o que se refería a algunos grupos de su propio partido, pero el caso es que en la grabación no hay lugar para la confusión.

Es más, no lo dijo, pero es prácticamente seguro que cuando nombraba al “oriente” se refería específicamente a Santa Cruz, la región que impulsó con tanta fuerza su caída en noviembre de 2019, que a Morales no le quedó otra opción que renunciar y salir huyendo del país en horas de la noche y desde el aeropuerto de Chimoré, la única región en la que en aquel momento podía sentirse seguro.

Ah, pero en tiempos de campaña, para él y su delfín, Luis Arce, Santa Cruz es la tierra de la esperanza, de la producción, el trabajo, la tierra generosa que acoge a los hermanos bolivianos de otras regiones del país, el modelo económico y productivo a seguir y tantas otras expresiones que, ahora queda claro, no son más que zalamerías hipócritas e interesadas solo para conseguir votos.

Es una lástima que la justicia de este país la controle su partido, porque en condiciones normales, con instituciones independientes y dignas, sus palabras debieran ser suficientes para procesarlo por discriminación, racismo y otros delitos con la misma ley que él aprobó y firmó más por revancha que por convicción de valores.

En cada una de sus acciones e intervenciones Evo Morales está demostrando que el político exitoso de otro tiempo es hoy un hombre en decadencia; preso de sus propios demonios interiores, un ser odiador, sin sentido de las proporciones, un cultor de la mentira y el peor clasismo y genocidio, ese que en la comodidad del celular desde su refugio ordena cercar a las ciudades e impedir que ingresen alimentos para que la gente que allí vive se muera de hambre.

Ese es Evo Morales, el que perdió unas elecciones y que hizo fraude para intentar aferrarse al poder, el jefe político que ni su partido quiere: sin él ganaron unas elecciones y sin él intentaron un inútil intento de renovación generacional que no les dio resultado por la debilidad del presidente Luis Arce Catacora.

Triste el destino de un país que tiene a un hombre que llama pandilleros a un tercio de la población boliviana, girando de mitin en mitin, de asamblea en asamblea, haciendo política las 24 horas del día, definiendo las líneas del Gobierno, y más triste este último que le obedece sumisamente.

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