Opinión

Para morirse (dos veces)

El Deber logo
3 de diciembre de 2018, 4:00 AM
3 de diciembre de 2018, 4:00 AM

Un profesor de El Alto, en octubre, desaparece. Sus familiares lo buscan desesperadamente, aquí allá policía aquí policía allá. Familia sin saber qué hacer. Siguen las búsquedas por sus medios; sin suerte ni rastro. Por supuesto van a la morgue, buscan en la morgue y no encuentran nada. Desesperados pierden la esperanza. No hay su padre, amigo, hermano, hijo y nieto. No hay en todo El Alto.

La casualidad o el milagro hace que un pariente, que sufrió un accidente y lo llevan a la Policía. Ahí ve la foto de su pariente en el tablero y pregunta y le dicen que ese retrato había sido atropellado en un puente y el culpable se dio a la fuga y no se lo encuentra.

Al fin saltan las alarmas y se descubre que el cadáver de la morgue, un NN, es precisamente el del profesor. Tenía el rostro deshecho y sus familiares no pudieron reconocerlo. El cadáver estuvo en la morgue por un mes y un poco más.

¡Qué básico, qué increíblemente primario! En el entrenamiento de la policía forense, ¿no les enseñan a sacar fotos, a identificar cadáveres por huellas digitales, por marcas de nacimiento, por ropas, por pelo y un largo etcétera de maneras de identificar cadáveres o huellas óseas?

No es la primera vez, lamentablemente esto es ya una especie de norma: Los desaparecidos son NN y muchos se quedan sin sepultura humana, son echados en fosas comunes y nadie sabrá más de ellos. Algunos tienen más suerte y los reclama la universidad para que sean útiles en el estudio de medicina. La mayoría de los NN pasan desapercibidos para sus familiares, que lloran su desaparición o pasan desapercibidos para una sociedad que está muy ocupada en otros quehaceres.

Entre los no identificados están los desaparecidos asesinados por las dictaduras. Los responsables, en este caso la Policía, no saben y no contestan. Saltó a la noticia que, en la hacienda del asesino Hugo Banzer, se hallaron restos humanos. Como se supo, por declaraciones del esbirro militar, otro asesino de nombre Arce. El asesino número uno había dicho que se llevaran el cadáver de Quiroga Santa Cruz a su hacienda y depositaran sus restos en ese lugar. Parecía que sí, se encontraron restos humanos, pero no eran los del malogrado luchador por la justicia. No se sabe. ¿A cuántos más hizo matar ese asesino? ¿A quién pertenecen los restos encontrados? Y esa Policía no informa ni dice qué pasos está siguiendo para restaurar la confianza en que es una Policía en la que podemos confiar. Le pagamos para que así sea. No la hacemos socia de un gobierno, menos de un partido. Tienen una universidad para estudiar todo esto ¿y qué hacen?

Morirse en Bolivia es morirse dos veces, una de verdad y otra por falta de datos o sensibilidad.

 

Tags