Opinión

París no se acaba nunca

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30 de julio de 2017, 23:25 PM
30 de julio de 2017, 23:25 PM

París no se acaba nunca y Enrique Vila-Matas no miente.

El libro lo encontré en una librería de Barcelona a la que me metí en el ajeno invierno del 2005 para conseguir el calor que no me daba el abrigo y que lo buscaba caminando y a través del fuego de la palabra. Ahora vuelvo a leerlo y París aparece en el recuerdo como un ave libre, evocando la llovizna perpetua de la ciudad que se seca poéticamente a sol lento, con los rayos pasajeros que la acarician como a una mujer de viva presencia y en una noche eterna porque París, como dice este escritor catalán, no se acaba nunca.

Enrique Vila-Matas pasea por París de los 70 del siglo pasado, cuando estuvo ahí para emular la vida de Hernest Hemingway, cuando en los años 20 fue muy pobre y muy feliz. Hasta ahí llegó Vila-Matas amparado en su pasión juvenil y descomunal tras las herramientas literarias para que lo conviertan en un escritor de verdad. Cobijado en una fría buhardilla de la sexta planta del número 5 de la rue Saint Benoit que le alquilaba a Marguerite Duras, no solo encontró en ella a una extraña casera, sino también una imprescindible consejera para aquellos tiempos en que dejaría de ser un escritor principiante. 

A Enrique le gustaba sentarse en las terrazas de los cafés de París y caminar por la ciudad: “Andar a veces durante toda una tarde, sin rumbo preciso, aunque tampoco exactamente al azar, ni a la aventura, pero tratando de dejarme llevar. A veces tomando el primer autobús que se detiene ante mí...”. 

Y en eso, tampoco miente. París no se acaba nunca porque en París se puede ejercer el noble oficio de un perro andante y perder (ganar) el tiempo caminando por el barrio Latino que mira desde sus bares y restaurantes y galerías de arte, por los puestos de libros en los muelles, por las avenidas que disfrutan siempre al Sena y por el Boulevard de Saint –Michel, donde hay un café “simpático, caliente, limpio y amable” al que Vila-Matas ingresó, pidió un café con leche, sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta y un lápiz, se puso a escribir, vio que entró una chica en el café, que se sentó sola a una mesa cercana, que se puso a leer un libro y él la miró con ojos asombrados y se dijo que la metería en su cuento.   

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