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Pasajeros de la aeronave tierra

Pablo Mendieta 10/6/2021 05:00

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En los albores de la humanidad, una parte relevante de la pequeña población mundial era nómada: viajaba de un lugar a otro para conseguir alimento y pastar rebaños. Con la aparición de los centros urbanos, este comportamiento fue menos recurrente.

No obstante, el nomadismo no ha desaparecido, sino que se ha transformado en el movimiento de millones de personas al interior y exterior de los países, por medio de la migración. El motivo es similar: la búsqueda de mejores oportunidades.

Este comportamiento no me es ajeno porque vengo de una familia migrante y también he sido migrante, casi nómada en este medio siglo de existencia.

A mediados de los años sesenta del siglo pasado, mi papá tuvo que trasladarse del cálido Bermejo al gélido Potosí. Sus actividades periodísticas lo llevaron allá y se estableció definitivamente cautivado por la colonial ciudad. Paradójicamente, nació el 1 de abril (día de Potosí) en Padcaya (Tarija) y murió súbitamente en La Paz el 9 de julio de 2005. Corolario: nadie elige donde nace, ni donde muere.

En lo particular, el nomadismo familiar me llevó de mi natal Potosí por dos años al norte argentino (Salta la linda) en mi adolescencia; y a Santiago de Chile en mi edad adulta joven. Viví una década en La Paz; y desde 2014 radico en Santa Cruz de la Sierra.

Cada lugar donde viví es especial porque una parte de mi historia personal, familiar y laboral se labró en esos parajes. Estoy agradecido porque me brindaron amigos, experiencias y desafíos. Eso sí, aprendí a no compararlas porque cada una de ellas es única en su naturaleza.

La migración no está exenta de problemas. Los viví como familia, pues recuerdo con tristeza el apelativo de “foráneo” que le daba a mi papá un grupo reducido de personas porque no era natural de la Villa Imperial. Él amó esa ciudad y departamento y no dejaba de hablar de ellos, ni siquiera el día de su natal Tarija. Pese a ello, fue director del emblemático museo de la Casa de la Moneda y una calle lleva su nombre: Wilson Mendieta.

Comento esta vivencia porque, a diferencia de él, he sentido en los lugares que viví el cariño del medio que me acogió. En Potosí me formé plenamente como persona; y pude ser presidente de mi curso en el colegio de Salta. Empecé mi vida laboral en uno de los centros académicos más reconocidos de Chile; luego contribuí al diseño de políticas públicas desde La Paz; y ahora tengo una experiencia apasionante como economista del sector privado en nuestra ciudad oriental.

No quiero aburrirlo comentándole mis experiencias, pero si reflexionar sobre la grandeza de las sociedades, aquellas que inspiran sueños a propios y extraños.

El ideal de libertad de conciencia llevó a unos migrantes desde Inglaterra a Norteamérica a crear un país que se ha marcado el destino mundial por más de un siglo. Posteriormente, una nueva perspectiva de vida hizo que varios europeos vean en América del Sur un lugar de nuevos principios.

Al interior de nuestro país, sucedió algo similar con La Paz hasta los años sesenta del siglo pasado y luego con más fuerza Santa Cruz. Según la investigación que hicimos para el proyecto Desafíos del Siglo XXI desde Cainco, más de medio millón de habitantes en Santa Cruz eran migrantes en 2012.

Hoy los proyectos de vida son globales. Cada vez es mayor la proporción de la población que vive al menos un lapso o definitivamente fuera de la esfera que nació. Por tanto, el énfasis debe estar en atraer y retener talento.

La migración puede ser un regalo porque las regiones y países reciben personas ya preparadas. Varios estudios económicos refuerzan su rol en el desarrollo como atractor y propulsor. Como lo dijo el venezolano Ricardo Hausman, el Centro de Desarrollo Internacional de Harvard (del cual fue director) no sería tal sin la presencia de talento extranjero.

Sea como fuere, vivimos como “Pasajeros en la aeronave tierra”, el título de un libro de Mariano Baptista. Y, a propósito, gracias a los profesores por forjar tripulantes o líderes en esta aventura.

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