Opinión

Pedro Miguel Redondo, hombre de Dios

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Poco a poco, y muy seguidamente, nos van dejando las piedras miliares de nuestra provincia. Sentimos dolor, nostalgia y pena reprimida por su ausencia; ocuparon espacios significativos en nuestras vidas y en la vida e historia de la Provincia Nueva. Pero, al mismo tiempo, su ejemplaridad y testimonio agustiniano nos reconforta y alienta en el seguimiento de Jesús y en los emprendimientos apostólicos y sociales de la comunidad provincial.

Hacemos memoria agradecida de todos ellos; encarnaban las esencias del Carisma Agustiniano plasmado y proyectado en la pastoral educativa, vocacional, parroquial y social.

Acabamos de llorar la muerte sentida y, al mismo tiempo, de celebrar la Pascua gozosa de Pedro Miguel Redondo, hermano de Tinín y Margarita, amigos míos entrañables, que le precedieron.

Pedro, como todo hermano agustino, ha sido un regalo del Señor. Y lo fue particularmente en un espacio significativo de la vida de la provincia, el noviciado, y para los novicios que crecieron y se nutrieron en el carisma evangélico agustiniano bajo su acompañamiento como maestro de novicios.

Y lo fue porque Pedro siempre se significó por su sencillez, espíritu comunitario y fe encendida. No dudo en calificarle y llamarle “hombre de Dios”. Pedro pasó por la vida de puntillas, sin molestar a nadie, humilde, sencillo, sin hacer ruido, pero muy entregado. Recuerdo cuando fue subdirector de nuestro Seminario Menor de Palencia, trabajaba calladamente, hacía mucha presencia educativa preventiva, “perdía el tiempo en los patios con los alumnos”.

Tengo una anécdota a este respecto, que él mismo me confesó y seguro que solo la sabíamos el provincial, León Diez, yo y ahora todos vosotros.

En diálogo con el provincial, cuando le querían nombrar maestro de novicios, Pedro le indicaba sus dificultades y el provincial León, se las barrió de un plumazo: “Mira Pedro, queremos nombrarte maestro de novicios por una razón muy clara y convincente, tú les vas hablar a los novicios mucho y bien de Dios”.

Parece una “florecilla” de San Francisco. Y es que creo que la vida de Pedro Miguel Redondo fue una sarta de florecillas. Era el 50% del curso y la otra mitad la componía Luis S. de Urturi. Un curso completo de personas buenas, que pasaron por la vida sin hacer ruido pero dando “nueces”.

Así te recordamos, te queremos, admiramos y encomendamos, amigo Pedro. Descansa en paz, hombre de Dios.

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