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Pensar, a pesar de los regímenes

César Maldonado 9/2/2021 05:00

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La frase se atribuye a Galileo después de visitar obligadamente las severas aulas de la Inquisición. Esas salas quisieron prohibirle el pensamiento, el olvido de la evidencia. Galileo, observador, curioso, sabio e inquieto cuestionaba la centralidad de la tierra para otorgársela al sol.

Dicen que la maldad tiene límites, es repetitiva; en cambio, el ingenio y la curiosidad son tan recursivos como humanos existen en la tierra. El nacido en Pisa es sólo un ejemplo de lo que puede la curiosidad y la observación y lo que ellas pueden lograr.

Un tanto antes, aquel Sócrates se animaba al Ágora griego para desgranar y estimular las mentes de los jóvenes con curiosidades fundamentales que tendían a buscar el conocimiento común. Su mayéutica buscaba el saber conversado y comunitario.

Más tarde, en las artes de las tecnologías actuales, Bill Gates, el fundador de Microsoft sostenía que de no ser por su curiosidad, la suya y la de sus amigos, no habría llegado a descubrir lo que descubrió y fundó. Esto mismo sucedió con Steve Jobs y el fundador de la ventana social más usada, Mark Zuckerberg. Todos empezaron humildes, incluso fueron rebeldes académicos; todos dejaron la universidad para dedicarse a su pasión y obsesión. Todos empezaron pequeños, en un garaje, conversando con sus amigos. Las mentes, ni las curiosidades son individuales; funcionan mejor cuando conversan con otros.

Las universidades tienden a volver a las fuentes, a la calle, al diálogo, a las plazas, a las personas de a pie. Silicón Valley, en California, dicen, es un sitio en el que la ciencia se practica en los cafés, las plazas, en las conversaciones, en los desafíos. Los que la practican son jóvenes de todas las latitudes y razas. De ahí nacieron las últimas innovaciones, incluso las últimas esclavitudes, las que tienden a patentar todo y a privatizar el pensamiento, el que tiene la tendencia de darnos menús que inhabilitarían nuestras ganas de pensar y de crear según ellos.

En este valle también se ha fabricado la patente para el conocimiento. La ciencia convertida en falacia y en negocio pueden llevar sólo al lucro de pocos y a la esclavitud de las mentes de las mayorías. Como entonces, la institución obligó a Sócrates a beberse la cicuta y a Galileo a callar en nombre de un dogma, la ciencia dosificada nos puede quitar las alas de la curiosidad y del empeño de solucionar las cosas. Las sabidurías privadas, las que no cambian las vidas de todos, pueden ser el peligro de callar las mentes y las rebeldías de tantos jóvenes que quisieran invertir sus mentes para el bienestar de todos.

La falacia puede consistir en la comodidad de apretar una tecla y consumir un menú ya pensado por otros, también puede consistir en confundir la educación con la repetición de consignas, sin análisis ni crítica; en breve, querer vendernos el adoctrinamiento por educación.

Cuando esto sucede la ciencia sigue siendo un sueño y una aspiración. Con decretos, sin formación en el hábito de pensar, sólo estamos dando razón a quienes nos quieren consumiendo modalidades y pensamientos ajenos y, con esto, la manera de otros y los valores de otras latitudes. Lo más trágico sería que esclavizáramos nuestras mentes y rebeldía en orden a no aventurar una pasión con nuestra curiosidad. Con esto la malicia, no el ingenio, seguirían triunfando y las inquisiciones más sutiles y las cicutas contra la razón seguirán vigentes, para convertir los sueños en alienaciones.

Afortunadamente, alguno que otro aún se atreve con un paso ingenioso, porque las mentes todavía se mueven, y las mentes porfiadas y obstinadas son imposibles de domesticar. La práctica de la razón puede entenderse como el encuentro de la humanidad con su creación, no como la creación de otros consumida en el mercado a precios engorrosos y de esclavitud.



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