Edición Impresa

OPINIÓN

Perder

Carlos Federico Valverde B 21/6/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Hace un par de meses escribí Cuando pase el temblor en este mismo espacio dominical. Ahí planteé la posibilidad de encontrar nuevas y mejores maneras de relacionarnos entre nosotros; nunca pensé que fuera tan inmediatamente necesario sino que debíamos tener un tiempo de proceso y adaptación; jamás creí que la pandemia se iba a precipitar más rápido en un país que tiene carencias absolutas, no sólo por los 14 años de desgobierno (la más negativa en materia de salud) sino porque en más de ese tiempo la atención de tan importante servicio no ha sido el fuerte del proceso democrático que tiene ya 38 años.

Era esperable e inevitable lo de la pandemia. Estamos aprendiendo a acostumbrarnos a perder afectivamente, la pandemia nos quita a los que queremos, a los que conocemos, a los que no conocemos pero con quienes alguna vez cruzamos un saludo o unas palabras; es decir, a personas de las que sabemos y se lleva también a los que ni conocemos ni sabemos de ellos, pero nos duelen porque nos espetan la realidad : nadie está completamente a salvo del ‘bicho’. 

Es cierto, en algún momento tenemos que morirnos, de manera que no pienso abundar en el tema y aunque pienso no debiera ser así… ese no es el tema; ese asunto lo sufre o no, cada uno a su modo y en su fuero interno. El problema es lo que estamos perdiendo como colectivo humano, me refiero concretamente a la manera de relacionarnos entre nosotros y con el Estado y eso es tan grave como lo afectivo porque como sociedad estamos degradando la situación, dañando la lógica de las relaciones sociales a las que debiéramos tratar de mantener a salvo porque la pandemia va a pasar y tenemos que vivir lo que llaman “la nueva normalidad”… y esa “nueva normalidad” está siendo parida por lo peor de la “vieja normalidad”.

Veamos un hecho. Desde la administración del Estado (Gobierno) se anunció la compra de respiradores y de inmediato parece que a más de uno se le ocurrió hacer de ese acto obligatorio un beneficio particular. Y tras de ello fueron y pasa un mes y más y no sabemos qué pasó exactamente, pero desconfiamos con todo el derecho del mundo porque no hay explicaciones claras ni coherentes y, para terminar de empeorarla, uno de los que están en la mira (Mohamed Mostajo) se manda a cambiar del país a “asumir su cargo de embajador” y a nadie se le ocurre destituirlo por la salida (al estilo Sacha Llorenti). Y el jovencito está muy campante con su pasaporte diplomático, como si nada hubiera pasado.

Como eso hay mucho. El Gobierno despide a maestros y a otros funcionarios en plena pandemia, las alcaldías hacen lo mismo o presionan a trabajadores de oficinas a “ser voluntarios” en salud, bajo apercibimiento de despidos si no lo hacen, mientras que en el campo privado están pasando cosas que tampoco debieran pasar.

No sólo se dan los despidos, que se hacen con lógicas economicistas y matemáticas absolutamente entendibles desde el punto de vista del ganar/perder, pero que son injustas porque no contemplan ni se ajustan a la “nueva normalidad”, en la que tenemos que entender que todos debemos perder un poco para poder mantener una sociedad de pie, con posibilidades de recuperarse en el futuro cercano, una vez pase el pico de la pandemia, la curva se aplane y la “normalidad normalizante” al fin llegue al país.

¿Es incoherente plantear que entre todos perdamos para mantener a la sociedad en paz y la economía en pie? ¡No! Absolutamente no lo es. Éste es un tiempo en que el que todos tenemos que estar dispuestos a perder algo; eso que llamé perder a medias tiene que ser posible y, aquí reitero lo que sostuve hacer unos 2 o 3 meses atrás:

Si queremos mantener el sistema económico y el trabajo de la gente, debemos ser capaces de ceder parte de nuestros salarios así los hayamos pactado por más. Tiene que haber un pacto social de gran alcance, cedamos porque nos conviene a todos.

Seamos capaces de pactar con los patrones, con los empresarios, con el propietario de un negocio a quienes debemos motivar el desprendimiento de estar dispuestos a mantener esa fuente de trabajo estando obligados a echar a la calle a sus trabajadores en los próximos 365 días de superada la crisis y sea oficialmente declarada como tal por el Estado. Como dato real de la situación, recién se publicó que entre el 63 y el 70% de los empleados tendrían que ser despedidos para reducir costos y lograr la ansiada recuperación empresarial y la reactivación de la economía, de manera que la propuesta tiene sentido. 

Hagamos un esfuerzo colectivo por el tiempo que dure la crisis, aportemos nuestro trabajo como una especie de apalancamiento a la economía de la empresa (eso no nos convierte en socios, de manera que los propietarios no deben incomodarse). De esa manera evitaremos el despido o la quiebra de la empresa. El mal tiempo tiene que pasar y nos encontrará con trabajadores en actividad, sin miles de desempleados, sin tanta crisis. A lo mejor tendremos menos dinero en los bolsillos, pero estaremos preparados de mejor manera y ánimo para reactivar la economía.

Esto se complementa con los decretos gubernamentales del diferimiento de pagos en los bancos; debiera expandirse a las Casas Comerciales, a los vendedores de lotes; debiera ser general, tanto que tiene que llegar a escuelas, colegios y universidades privados; todos debiéramos aportar. Las dificultades se vencen con algo de imaginación y mucho de voluntad. Supongo que debiéramos pensarlo al menos, sobre todo si allá en la calle y en los caminos la jauría política está mordiendo y amenazando las bases del Estado bajo la excusa de una elección con la pandemia en su peor momento, sólo porque piensan que la debilidad de gobierno debe ser aprovechada, sin detenerse a pensar que una elección es el más importante acto de la democracia porque se constituye en el único momento en el que el poder vuelve al ciudadano para renovar el Pacto Social.

Y no es que uno, que está trabajando y defendiendo la democracia desde el 1978, busque la perpetuidad o prórroga del gobierno, faltara más que a alguien se le ocurra semejante barbaridad, es simplemente un reclamo para la sobrevivencia no sólo del sistema democrático sino y, sobre todo, de la sociedad boliviana.

Tienen que acabarse las amenazas, porque el país no se merece tanto desatino; a veces la soga no se suelta por lo más delgado…
Es tiempo de ceder y perder, para ganar.