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Pescado frito: la promesa de Morales

Manfredo Kempff 5/11/2020 05:00

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Estamos a escasos tres días de que el MAS –ahora a través de Luis Arce Catacora– retome el poder, después de un veranillo lleno de plagas (seguramente que un veranillo maldecido por los manes “originarios”), que duró un año. Pero, fuera de que hubiera sido maldecido por las deidades andinas, fue un año de peste, producto de que algunos chinos disfrutaron sorbiendo sopa de murciélagos enfermos y también por la mentalidad atrofiada y compleja de los bolivianos, que Alcides Arguedas calificó como la de un “pueblo enfermo”.

Han transcurrido tres lustros desde que Evo Morales accedió al poder y con el pequeño intervalo de este malvado 2020, regresa el llamado Gobierno “del pueblo”, como si el de la señora Jeanine Áñez hubiera sido un gobierno de aristócratas y plutócratas y no de cambas y collas pobres, como en realidad fue. Hay pueblo masista porque ha recibido dádivas de Morales, y el MAS recibe, a cambio, su agradecimiento; y existe el otro pueblo, sacrificado y fregado, que solo vive de su trabajo y que, por tanto, apoya a quien mejor le parece. Pero el pueblo no es de nadie en especial.

El pueblo no hace trampa en las elecciones, no es fraudulento. No puede hacerlo. Se sabe que los tramposos siempre han sido los activistas políticos. Al pueblo lo obligan a votar por alguien si es necesario, aunque ahora ya ni siquiera se requiere de su voto físico porque para sacar cuentas está la electrónica. El MAS hizo fraude el año pasado, el 2014 también, y seguramente repitió la pirueta en las elecciones de hace dos domingos. Preferimos creer que el inesperado contraste se debió a que los indecisos y el “voto oculto” no era tal y que era gente que ya había decidido votar por el MAS y no le daba la gana de decirlo porque le daba vergüenza Evo Morales. O que hubo falta de control en las mesas de votación porque los partidos democráticos no hicieron su trabajo de vigilancia.

Cuando hay una diferencia de 25 puntos, quiere decir que algo raro ha sucedido. Equivocarse por tres, cuatro, o siete, puntos ya es censurable, pero por 25, es absolutamente intolerable. No sabemos qué han dicho hasta hoy las empresas encuestadoras. Lo único que podrían explicar es que el pueblo estaba hastiado hasta las narices de Evo Morales el año pasado y no votó por él. Que ahora fue distinto. Esa puede ser otra razón para que soportemos tragarnos un sable entero.

Me podrán disculpar mis compatriotas, pero los bolivianos no somos tan pícaros ni tan imaginativos como para estafar a todo un país. Lo hicimos a lo bruto, cuando Paz Estenssoro obtenía el 80% de los sufragios ordenando sufragar por la papeleta rosada o cuando a Juan Pereda le sobraron votos sobrepasando el padrón y Banzer tuvo que anular la elección. ¿Pero y esto de dónde salió? ¿Otra vez de vuelta al pasado, a la fanfarria y al derroche? Es lo que no comprendemos y produce dudas.

Sea como sea resulta terrible que el Gobierno transitorio y los candidatos demócratas no hubieran podido sostenerse sino un año poniendo a raya al MAS. Sin la maldita peste, con las elecciones en marzo como estaban previstas, seguramente que las cosas habrían sido distintas y tuviéramos otro destino mejor. Pero eso no sucedió. Ahora se desatan los demonios nuevamente y ya está Evo Morales sin cargos en su contra, como Zaconeta, Quintana, Zavaleta y una tropa de indeseables que aprovecharon las noches de difuntos, que hasta para eso les sirvieron. Para colmo, los enjuiciados de ayer ya tienen su lista de la venganza, encabezada por doña Jeanine Áñez, sus ministros, viceministros, directores, y donde abundan los periodistas, naturalmente.

Los masistas no se conformaron con burlarse de los dos tercios en la Asamblea, sino que quieren guerra. Entonces uno se pregunta: ¿No tienen razón tantas personas que recorren las calles del país repudiando el regreso de este régimen? Claro que eso de llamar a los militares a tomar el Gobierno ya es una demasía fuera de época. Pero, por lo menos, que sea una advertencia para que la cara de Evo Morales no se la vea por los alrededores de la Plaza Murillo y que cumpla, por única vez siquiera, con su promesa de irse al Chapare, con una de 15, a vender pescado frito.