Escucha esta nota aquí

Un antiguo refrán afirma que la única diferencia entre niños y hombres es el valor de sus juguetes. Si bien lo anterior es exagerado, lo cierto es que los millennials, nacidos entre 1981 y 1999, son llamados por muchos sicólogos como la generación Peter Pan por sus similitudes con el famoso personaje creado por James Barrie.

Como el protagonista del cuento, algunos de ellos han quedado anclados en su infancia y tienen miedo a ser adultos y asumir responsabilidades. En general, su inmadurez los impulsa a ser egocéntricos y tener baja tolerancia a la frustración, enfrentando la vida como un juego donde el objetivo principal es la búsqueda permanente del placer y la autogratificación.

Cual eternos adolescentes, con atención dispersa, son atraídos por muchas cosas, pero sin permanecer interesados en ninguna por mucho tiempo. Esto se manifiesta en la gran cantidad de ‘jóvenes’ que prefieren pasar la vida estudiando, postergando su ingreso al mercado laboral, para disfrutar de vivir bajo el alero de sus padres. Se observa en quienes rehúyen o posponen el matrimonio, optando por una vida liberal, o, en el mejor de los casos, de escaso vínculo emocional. Se evidencia en las parejas que postergan la maternidad hasta el punto en que luego deben acudir a métodos de fertilización asistida para poder concebir.

Se demuestra en la creciente tasa de divorcios tempranos, por carecer de tolerancia hacia sus cónyuges cuando no satisfacen sus expectativas. Se aprecia en quienes siendo ya de edad madura, y más allá de un sano deseo de mantenerse en forma y cuidar su salud, se embarcan en toda clase de actividades físicas extremas y consumo de suplementos alimenticios. Se nota en el abuso extendido de productos y procedimientos quirúrgicos de belleza, por el que muchas mujeres lucen, durante la graduación de sus hijos, más jóvenes que el día de su boda.

Aunque la tierra de nunca jamás no exista, algunos pretenden vivir en ella eternamente. Para no caer en ello, resulta oportuno recordar el sabio consejo “…no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”. 1 Corintios 14:20. Mantener un espíritu joven y alegre es sano y necesario; sin embargo, quien vive como si no existiera mañana descubrirá, tristemente demasiado tarde, que el otoño o el invierno de su vida lo encontró desprevenido, sin la protección y abrigo que solo da la madurez.

Comentarios