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El Presupuesto General del Estado (PGE) 2022 fue aprobado por la Asamblea Plurinacional. Como de costumbre, se ofreció el cielo y la tierra en términos económicos y no se modificó una coma de lo presentado por el Poder Ejecutivo. Funcionó el rodillo. Perdió la democracia de las ideas y las propuestas alternativas, ganó el bombardeo de datos y porcentajes inflados.

Como en otras oportunidades, no se hizo lo más elemental y lo que manda la ley: Evaluar el cumplimiento del presupuesto del año pasado, 2021. Una buen práctica de sentido común, que familias y empresas lo hacen, es pedir a los responsables de la gestión de plata que informen: ¿Cómo y cuánto se gastó o invirtió lo presupuestado? ¿Cómo y cuánto se obtuvieron de los ingresos previstos hace una año? Pongamos ejemplos en ambos casos. Ni una sola palabra sobre los niveles bajos de ejecución de los gastos y las inversiones públicas. En efecto, hasta septiembre, la ejecución de los gastos en el sector público era muy baja: ministerios (44%), empresas estatales (46%), gobernaciones (47%), y municipios (51%). En el caso de la inversión pública, hasta octubre del 2021, sólo llegó a 1.910 millones de dólares; es decir, el 47,5% de lo presupuestado, que era de 4.015 millones. Hace un año, ofrecieron un castillo, hoy sabemos que, hasta la fecha, sólo hicieron la obra gruesa. Hay una gran diferencia entre lo escrito en las letras de oro de la demagogia de papel y la marmaja que realmente se invirtió. En lo que resta del año contable, ni haciendo vaquita con San Antonio ni torturando a Pitágoras llegan a lo que habían planificado en 2021.

Pero el Gobierno sin explicar por qué es tan bajo el nivel de ejecución en el año que finaliza, en el PGE 2022 ofrece 5.015 millones de dólares de inversión pública. El papel aguanta todo.

En el tema del financiamiento externo (ingresos) habían prometido traer 5.750 millones de dólares de afuera, en 2021. Tal vez entró en torno a 900 millones de dólares, valor muy lejano de la estimativa del Gobierno. Para el 2022 se ofrece, otra vez, una fortuna 5.350 millones de dólares. Como dice la samba brasileña: “Me engaña, que eu gosto”. Mi rey, mi colila ahora si voy atraer toda esa plata, te lo juro por lo más sagrado. San Lenin, no me va a dejar mentir. Pero bro, el año pasado les fue como la mona. ¿Por qué no trajeron toda la plata prometida? ¿No sería mejor pensar en otra fuente de ingresos? ¿Qué tal un impuesto a los cocaleros o comerciantes grandes?

El PGE consolidado representa más del 90% del producto interno Bruto (PIB) del 2020. Un gigantesco elefante sentado en el medio del living de la economía, eso sí presentado, por la propaganda, en tanga de aguayo haciendo poses de gacela. ¡Ah! Desde el árbol del poder corrigen: No es tan grande, no exageren, además el paquidermo ha estado haciendo la dieta del lagarto (como poco y le caska harto). Solo representa el 78% del PIB y no es verdad que no le da espacio al sector privado. Al contrario, mueve sus orejitas y da trabajo al sector constructor. La patria contratista agradece. Camina un poquito y arrastra las empresas estatales que reparten eficiencia y empleo. Suelta un gas y se reactiva el comercio. Es el efecto crowing in. Fantasmitas, contratistas, empleados públicos, todos colgados del paquidermo, silbándole las curvas. ¿Me veo gordo? Nooo. Cómo crees waway, estás robusto pero elegante, además das de comer a tanta gente. ¿Soy muy espacioso? Nooo, ni por chiste, suelta las carnes con confianza, nosotros, los privados, estamos bien en el rinconcito de la informalidad y en el sector comercial. ¿Te complica que me financie con emisión de bonos subiendo las tasas de interés del mercado? Nooo tranqui, Dumbito. Nos encareces el crédito a los privados y nos desplazas (efecto crowding out) pero entendemos que debes dar de comer a ese cuerpecito. Al final, no es fácil cargar casi 500.000 empleados públicos en el lomo.

Además de un presupuesto elefante que arrincona al sector privado en las esquinas del cuarto, el PGE 2022 es centralista y “popuneoliberal”, el 85% de los ingresos, gastos e inversiones están en el nivel nacional y solo un 15% se distribuye en los municipios, las gobernaciones, entidades descentralizadas, universidades y otras instituciones. Además, la lógica económica es que a nivel nacional el Estado se vuelve populista o sea gastador, botarate y dispendioso, pero el nivel regional sigue la receta neoliberal: corte y racionalización.

Por noveno año consecutivo, el PGE 2022 anuncia un déficit público del 8% del producto. Cuando son cuestionados sobre el elevado déficit público para financiar al elefantito, viene la explicación del “chicato” por conveniencia. Heredamos un déficit público elevado desde 2019 de los golpistas y lo estamos bajando poco a poco, en el 2022 será un 8% del PIB. Lo que importa es la tendencia a la baja, responden los dueños del poder. Pero no se dice absolutamente nada sobre que el déficit público lo arrastramos desde el año 2014.

Cuando descubiertos en la coartada estadística de culparle todo al mal gobierno de Áñez, viene uno de mis cuentos chinos preferidos. Es la historia de elefantes en dieta, unicornios, sirenitas y niños blue en el reino del déficit público bueno. La idea es que la inversión en museos, en empresas públicas deficitarias, en carreteras que no unen puntos de desarrollo, en aeropuertos donde llega el avión una vez al mes, en infraestructura de transporte vistosa, pero yesca, como el teleférico, en verdes canchas son muy buenas inversiones y que en breve harán llover dinero en el reino de la revolución.

En 15 años no se han visto retornos significativos de la mayoría de estas inversiones. Pero quién sabe qué puede pasar. Mejor ande con cuidado por las calles, no vaya a ser que cualquier día de estos le caiga un fajo de billetes del teleférico línea blanca, o que le llegue una bolsa de azúcar de San Buenaventura por la Navidad o que le instalen una luz Led en su casa de la empresa pública Quipus, que dejó el mundo de la revolución tecnológica para iluminar el proceso de cambio. Hermano Sol, hermana Luna bienvenido al reino del déficit público bueno, este que gasta, gasta, gasta y piensa que hay un árbol de dinero al final del arcoíris. Esta es la versión andina del keynesianismo de guitarreada. “Con tu quiero ir con mi puedo vamos juntos compañero”. Se llegó hasta aquí: ¡Feliz Navidad!.

Gonzalo Chávez es Economista


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