Opinión

Pipi sin vacaciones invernales

Roberto Navia 8/5/2017 04:00

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La vieja casona está ahí, 30 años después. Ya no es el niño el que la mira y no están los hermanos ni los primos con los que corría como cabrito durante las cortas vacaciones de invierno. Quizá fue la primera palabra que aprendió a hablar: Pipi. Así se llamaba este lugar en los mejores tiempos de la inocencia. Ahora, un letrerito malvado dice que ya no. Pero eso no lo sabe la hacienda que está al frente custodiada por una verja de alambre y por tres perros mansos como un rebaño, la que era de tía Nena, la mujer alta y de sonrisa perpetua, la que se acostaba en su hamaca tendida en el corredor que miraba al patio grande y desde ahí contemplaba la luna y recordaba las glorias de un mundo que ya no es.

Tenía una niñera que le ponía las medias y otra para que la sacara a pasear por los corrales de vacas gordas. Un recuerdo recurrente de la familia que añoraba la riqueza que a tía Nena se le había escapado de las manos, víctima de un marido despiadado que, según, decían, se había disfrazado de enamorado para despellejarla de sus tierras y de su ganado. Durante los años de bonanza, la casona que está aquí, soñolienta y apaciguada, era alegre y olía a quesos y a bizcochos, a choclo molido y a leña encendida que se consumía en la cocina donde preparaban la comida con la que nos esperaban al llegar las vacaciones. Y tía Nena abría sus brazos en la entrada de la casa, atenta y solidaria, recordándonos dónde estaba la tinaja con agua fresca porque sabía que habíamos caminado desde la madrugada, trepado la cuesta y cruzado un puente colgante con maderas enclenques para llegar a Pipi, puntuales como el sol que a esa hora ya se despedía por el horizonte.

La casona ha sido golpeada por el tiempo. El viejo algarrobo está de pie y despeinado y el corredor que da hacia afuera tiene algún brazo doblado. Está silenciosa y no hay nadie que abra la puerta, que permita entrar a las habitaciones de 7 metros de ancho por otros 7 de alto, desde donde se podía mirar por los ventanales la covacha donde estaban enterrados el abuelo español y los padres de tía Nena que habían muerto mucho antes de la crisis que convirtió este lugar en una sombra humilde y sin vacaciones invernales. 

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