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¿Podremos superar la sociedad del riesgo?

Guadalupe Peres-Cajías 21/3/2020 03:00

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1857. El estadounidense Joseph Gayetty inicia un particular negocio de “papel medicado”. Un producto que ofrece a las personas para su uso particular en el baño. Está enriquecido con aloe vera y es el inicio de uno de los elementos que resultarán fundamentales en la vida moderna: el papel higiénico.

2020. Ciudadanos en supermercados europeos se disputan la compra de uno de esos preciados bienes modernos. Incluso, hay alguno que ha amenazado con un arma corto punzante para poderse quedar con el producto inventado por Gayetty.

La ansiedad, al pensar en no poder obtener con la regularidad de siempre productos que se consumen comúnmente, supera el cálculo real de las necesidades y las maneras para pasar la cuarentena del coronavirus, propagado en los últimos meses.

¿Por qué esa ansiedad produce ese tipo de comportamientos, replicados en otras latitudes del contexto global, incluido el territorio nacional?

Porque esta representa la sensación de riesgo. La exposición de los sujetos a posibles acontecimientos, que no necesariamente ocurrirán, pero cuya intensiva presencia en las redes de información incrementan la ansiedad colectiva.

Como bien lo explicó Ulrick Beck, en su texto “La Sociedad del Riesgo” (1986), “en paralelo a la agudización de las situaciones de riesgo, los caminos privados de huida y las posibilidades de compensación se angostan y al mismo tiempo son propagados. La potenciación de los riesgos, la imposibilidad de evitarlos, la proclamación y la venta de posibilidades privadas de evitación se condicionan”.

Además, porque esta sensación, aunque es colectiva -o quizás por la misma razón- incita a la individualización de los sujetos. Buscan salvarse del riesgo frente a las estrechas opciones de hacerlo, sin necesariamente considerar lo que pase con el resto. El fin es actuar para generar una sensación individual que compense el riesgo.

Aquel comprador de 10 botellas de alcohol en gel considera más importante esa medida que salir de su casa en periodo de cuarentena, aún cuando la segunda le dé más garantías reales de evitar el contagio.

Ni hablar de los compradores masivos de papel higiénico o de aquellos abastecidos con excesivos quintales de arroz. Lejos de que estas acciones contribuyan con la prevención del virus, estas tienen el fin de producir la sensación de “estar a salvo”. Una seguridad inventada por el sujeto a partir de las compras generadas.

La consecuencia social de estas acciones no solo es sorpresiva, sino perversa, pues no se considera al otro que realmente necesita ese alcohol en gel, ese papel o ese quintal de arroz. Pero que no puede comprar por docena.

Al respecto, Beck dirá “con una fórmula: la miseria es jerárquica, el smog es democrático. Con la extensión de los riesgos de la modernización (con la puesta en peligro de la naturaleza, de la salud, de la alimentación, etc.) se relativizan las diferencias y los límites sociales”. Y al producirse esta extensión de riesgos, los más afectados serán los que menos posibilidades tengan de enfrentarlos.

Sobre este punto, el sociólogo explica que esas diferenciaciones y fronteras no solo se expresan en contextos locales, sino que se han ampliado a través de lo que denominó “la globalización de los riesgos civilizatorios”.

Precisamente es lo que estamos viviendo hoy: la extensión global de las consecuencias perversas, generadas por el desarrollo acelerado de la modernidad. Aunque las consecuencias favorables no se hayan extendido con tanta facilidad.

El panorama parece desalentador, pero hay un elemento que propondrá Beck posteriormente (2002), que podría evitar el colapso de la sociedad global: “la imaginación cosmopolita representa el interés universal de la humanidad en sí misma, es el intento de repensar la interdependencia y la reciprocidad”.

Es decir, que solo la humanidad en acción colectiva será capaz de salvarse a sí misma o de perpetuarse en el riesgo… sea este simbólico o real.

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