Escucha esta nota aquí

Últimamente los comités cívicos han asumido el rol de aglutinadores de las acciones de la oposición política en Bolivia (la prueba es la movilización del nueve de julio pasado). En regiones tan disímiles, desde el punto de vista económico e histórico como Santa Cruz y Potosí, son las instituciones cívicas las que tratan de organizar la protesta colectiva contra la repostulación de Morales y por el pedido de renuncia de los vocales del Tribunal Supremo Electoral (TSE) sobre los cuales, como se sabe, penden varias dudas sobre su idoneidad e imparcialidad. En este artículo trato de acercarme a este fenómeno paradójico puesto que los comités cívicos, en mi criterio, están asumiendo roles que, en teoría, no les pertenecen.

Las instituciones regionalistas que en Bolivia se denominan comités cívicos, son expresiones de un clivaje centro periferia. Son la traducción institucional de un proyecto político delimitado estrictamente al ámbito subnacional, ya que crecen y se desarrollan bajo el discurso de defender la región o el departamento. En otras palabras, los comités cívicos nunca desarrollan un proyecto nacional sino uno estrictamente regional. Es más, a veces, incluso plantean su proyecto, en contra de la propia idea del Estado nación centralista. Sintomático de ello es que los cívicos siempre tienen, en primer lugar de su agenda, propuestas de descentralización como autonomía o federalismo que, en el fondo, son proyectos que buscan restar poder al centro estatal para darlo a las regiones.

El origen para que los comités cívicos hayan asumido el rol de aglutinadores de la oposición tiene dos causas. La primera tiene que ver con que la multiplicidad de organizaciones de oposición denominadas plataformas ciudadanas, no ha podido cristalizar en una organización mayor que logre nuclearlas. Ha confabulado contra este propósito, el hecho de que los opositores son absolutamente divergentes desde el punto de vista ideológico, lo que no les ha permitido tener un discurso y objetivo político únicos.

De hecho, durante mucho tiempo, lo que ha cohesionado a la oposición ciudadana ha sido la consigna de Bolivia dijo No y, ahora, el pedido de renuncia de los vocales del TSE. Demandas muy importantes en la perspectiva de impedir el debilitamiento de la democracia, pero que no pueden, por sí solas, constituirse en programa político.

Como no se pudo armar una institución ni un liderazgo de oposición (la sola idea de ingresar a un partido político, para muchos de sus miembros es anatema), las plataformas han dejado que los comités cívicos tomen la tarea de organizarlos, puesto que ellos tienen un discurso de apoliticidad, que coincide perfectamente con el que ellos quieren emitir.

La segunda causa tiene que ver con el hecho de que los actuales partidos de oposición no han logrado, más que mínimamente, seducir e integrar a las plataformas ciudadanas a sus respectivas organizaciones.

La política hoy se desarrolla fuera del sistema de partidos, circula en los ámbitos sindicales, cívicos, en las redes sociales, en las asociaciones de profesionales, en los medios de comunicación, pero no necesariamente tienen un eje que las aglutine y brinde coherencia programática a sus propuestas. Como ocurrió durante el periodo de los ochenta del siglo pasado, los sindicatos y comités cívicos se constituyen en mejores canalizadores y organizadores de la demanda colectiva opositora que los partidos. Lo que es una buena noticia para el oficialismo, pero una muy mala para la democracia.

Comentarios