Opinión

Populistas ambidiestros Vs tibios como soda colla

18 de junio de 2023, 4:00 AM
18 de junio de 2023, 4:00 AM

Es un consenso de que estamos frente al agotamiento del modelo primario, exportador, extractivista, comerciante y centralista, coquetamente conocido ahora como: “Nuevo Modelo Económico, Social, Comunitario y Productivo”.

Los síntomas del desfallecimiento del modelo también son claros: enorme déficit público, economía que depende del sector informal, fragmentación social, agotamiento del principal generador de excedente económico: el sector hidrocarburos, rentismo social y empresarial, niveles bajos de productividad y competitividad, empleo de muy mala calidad, serios problemas en los sectores de salud, saneamiento básico y educación, entre otros. 

La pregunta central es: ¿Cómo salimos de esta crisis que refleja el agotamiento del patrón de desarrollo, basado en los recursos naturales que ya estuvo en manos del sector privado, liberalismo y neoliberalismo, y a qué ahora nuevamente en manos del Estado? La respuesta de moda es que vuelva el liberalismo puro y duro. Los nostálgicos extremos inclusive ya están hablando de un DS 21060, corregido y aumentado, despojándolo de sus coqueteos con el estatismo.

En los últimos meses han aparecido varios profetas y predicadores del extremo opuesto al estatismo. El fundamentalismo de mercado sugiere que las soluciones para la economía boliviana están en el ejercicio total de la libertad de las personas y las empresas y la reducción del Estado a su mínima expresión. 

El periodo neoliberal de la economía boliviana entre 1986 y 2006 es ignorado. Ni hablar del pasado más lejano de gobiernos liberales. Ahora sí vamos aplicar la receta pura y verdadera de las reformas de mercado, sostienen. Y vienen las viejas consignas presentadas como gran innovación: el Estado mínimo, la eliminación de todos los subsidios, la privatización de las empresas estatales y los sistemas de salud y educación privado, la dolarización de la economía y el cierre del banco central. 

Ciertamente, con el hartazgo, rechazo y rabia que producen las políticas del populismo extractivista plagadas de corrupción actuales, estas consignas parecen cautivantes y salvadoras. Con este impulso, surge un espíritu, en algunos casos, legitimante justiciero y en otros, con demasiadas dosis de ajustes de cuentas. La promesa política es acabar con todos los bodrios y caricaturas conceptuales, reales o creadas, que se han construido últimamente: el socialismo, el comunismo, los zurdos, y otros estatistas. Bolivia y Latinoamérica no pueden liberarse del péndulo ideológico. La diversidad, complejidad y lo barroco de nuestros desafíos y posibles soluciones se rinden a la dictadura conceptual de lo blanco versus lo negro. 

Por supuesto, todo lo que busque salir de la trampa de la polarización, ensaye ideas de concertación y encuentro, explore soluciones más complejas o intente la comprensión de lo abigarrado del funcionamiento social, económico y político del país son vistas con desprecio, porque se trataría de claudicaciones frente a la izquierda o derecha. Los epítetos en esta dirección son también clásicos: pecho frío, ni fu ni fa, amarillos, pequeños burgueses, claudicantes de centro. Todos tibios como soda colla, sentencia el populismo ambidiestro.
Ambos extremos del péndulo, que ya administraron varias veces en Bolivia, como siempre se concentran en los medios (instrumentos) y no en los fines (objetivos) del desarrollo como es la generación de riqueza, su mejor distribución, la eliminación de la pobreza, el aumento de la productividad y competitividad y otros. En suma, la felicidad de la gente.

Frente a este bipolarismo fanático, ante esta dicotomía irreconciliable, la interrogante también es tradicional: ¿Entonces de lo que se trata es construir una tercera vía? ¡Oh qué novedoso! Pero ese camino ya ha sido propuesto y aplicado desde diferentes perspectivas. ¡No funcionan las medias tintas! Sostiene el populismo ambidiestro. Los fracasos más conocidos son los socialdemócratas europeos. En los años 50 también se hablaba de los países no alineados. Ni Washington ni Moscú. Ahora sería, ni gringos ni chinos, nuestro propio modelo.

Puesto entre lo uno versus lo otro y focalizados en los instrumentos, no hay salida. Estamos en guerra. Las ideologías y creencias no negocian. 

Entonces, ¿cómo salimos del entuerto? La primera cosa que hay que reconocer es que no hay una receta única - en términos económicos, sociales y políticos - para el desarrollo y que funcione en todo tiempo y lugar.
Segundo parece imprescindible que volvamos a hacernos algunas preguntas y no nos concentrarnos, en los instrumentos del desarrollo, mercado o Estado, y sí en los objetivos del desarrollo: ¿Cómo se genera riqueza y tantos empleos como emprendimientos de calidad en tiempos de Inteligencia Artificial? ¿Cómo se crece sin destruir la naturaleza? ¿De qué manera se construyen sociedades más justas e inclusivas y sin pobres en la era de la globalización? ¿Cuál es el camino para construir sociedades más democráticas y libres? ¿Cómo reinventamos el desarrollo a través de la dimensión ética? ¿Qué papel juega la creación social de valor público?

Las respuestas a cada una de estas preguntas varían de país a país. Los caminos a seguir dependen de la dotación de factores de producción, de la calidad del capital humano, de los recursos institucionales, y su capacidad de movilizarlos, de los imaginarios construidos. Pero sobre todo de una acción social y política: la construcción de un nosotros.

Un nosotros ciudadano y democrático que permita la circulación de la libertad y las ideas. Un nosotros creativo y productivo que suelte el alma emprendedora de los trabajadores, innovadores y empresarios, que apueste a una verdadera diversificación industrial.

Un nosotros solidario, que haga de la política social el centro de la política pública en base a una revolución en la salud y la educación. Un nosotros justo, que reinvente, desde las bases, la justicia boliviana. En suma, un nosotros que entienda que el mercado y el Estado son construcciones colectivas, son incentivos que se crean y evolucionan. No son soluciones en sí mismas. 

La compleja construcción del nosotros podría estar focalizado en el capital humano, centro del desarrollo. Para que la gente sea feliz, Estado y mercado, deben desplegar sus mejores virtudes, apostando a los valores y objetivos que nos unen y no, a los instrumentos que nos separan.

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