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22 de octubre de 2017, 4:00 AM
22 de octubre de 2017, 4:00 AM

Como soy curioso y sigo fielmente el consejo de Peter Berger que indicaba que los sociólogos tenemos que mirar por el ojo de la cerradura, a menudo me entretengo navegando por páginas y perfiles de Facebook de propios y extraños. Unas semanas atrás me encontré con un intercambio sugerente.  

Un conductor paceño puso una foto de su coche siendo sancionado por la autoridad municipal. Indignado, decía: “Me acaban de engrampar en el estacionamiento de la plaza Abaroa por atrasarme 15 minutos de lo debido. ¿Es así como funcionan los parqueos de calles de la HAM La Paz? Por 15 minutos de atraso tengo que pagar Bs 100 en el acto de una entidad bancaria. ¿Qué bancos funcionan a estas horas? Si no, pago remolque Bs 300. ¿Qué opinan ustedes?” (sic).

 La reacción de otro usuario, afín al MAS, abonaba: “Capitalismo municipal al máximo. Si es así la Alcaldía no quiero imaginar de gobierno”.
 El incidente me dio mucho de qué pensar al menos en tres dimensiones. Primero, es sabido que los bolivianos tenemos una peculiar relación con las certezas. Nos movemos con soltura y comodidad en el reino de la ambigüedad. Si alguien te dice “mañana te lo devuelvo”, puede significar la próxima vez que nos veamos, en un mes, unos años, o nunca. “Un ratito” es la definición de tiempo más elástica que deja mucho a la interpretación: el resultado preciso dependerá de las circunstancias cuando se concrete ese “ratito”. 

En Tupiza, me cuenta mi madre que vivió allá, los campesinos diagnosticaban el clima así: “De llover no va a llover, a no ser que lloviera”. Y claro, esta apreciación se aplica a todo: la política, los negocios, las mediciones, las relaciones personales, etc. 

En México, donde las cosas suceden de manera parecida, se usa a menudo la expresión “tantito”, que puede significar muchas cosas de acuerdo a los contextos. Pero los mexicanos crearon el antídoto: ante tal nebulosa se preguntan: “Qué tanto es tantito”. También se ha creado otra innovación lingüística inteligente que es “siempre sí” o “siempre no”, pues cuando el “sí” o el “no” no dan mucha claridad, se los reafirma evitando la duda y consolidando la respuesta en uno u otro sentido.

Pero vamos a una segunda dimensión: la racionalidad jurídica moderna. En la segunda parte del comunicado, el aludido se queja de una injusticia, pues el monto es excesivo y los bancos están cerrados. Aquí nos cambiamos de país y vamos al mundo de las leyes. Lo que se está reclamando es un desfase entre infracción y sanción. Como sabemos, las sanciones varían con el tiempo y dependen de las circunstancias históricas. Para calibrar mejor y evitar abusos o cobros desmedidos, las naciones desarrollan instrumentos legales que permiten que los ciudadanos puedan quejarse y estar protegidos. Cuanto más clara la jurisprudencia, mayor protección tendrían los ciudadanos y jugarían en un tablero con reglas claras, y, ojalá, justas. 

El último añadido de la queja -tercera dimensión- se refiere a lo político y lo económico. Se concluye que el accionar de los funcionarios municipales es un tipo de capitalismo local cuyo responsable es el alcalde paceño. Es la reacción visceral y militante que filtra la realidad por el lente ideológico y le hace ver todo en blanco y negro, donde blanco es él y negro los demás. Cualquier discurso ideológico tiene ese sesgo (neoliberalismo, comunismo y un largo etcétera), pero en Bolivia lo llevamos “hasta las últimas consecuencias”. Somos el país de las emociones y podemos tener apasionadas discusiones que evitan sistemáticamente la razón y cualquier argumento para someterlo a la posición política.

En suma, me quedo con tres características del ser boliviano en la actualidad: la comodidad en el espacio de lo ambiguo, el sueño de la razón moderna que por lo pronto es disfuncional y la pasión política como lentes privilegiados de interpretación del mundo. Ya lo decía, nada mejor que mirar por el ojo de la cerradura.

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